Negro como Robert de Pinho

Por: Bernardo Masini (@BernardoMasini)

No era consciente de ello, pero al Turu le gustaba la luz del otoño. Particularmente la de las mañanas. Esa era una de las muchas razones para estar de buenas aquel día cuando se bajó del camión. Con la mochila asida a la espalda, los tenis y una de sus varias gorras deliberadamente avejentadas, recorrió las tres cuadras desde Américas hasta el taller de Esteban en Santa Tere. No había semana en que no pasara por el lugar al menos un par de veces, para cotorrear. Y los días en que no había tarea o en tiempos de vacaciones, las visitas podían ser de varias horas. El Turu conocía el taller de Esteban mejor que la mayoría de sus empleados, que no eran muchos ni tampoco solían durar mucho rato en la chamba. Nomás de ver y de acompañar a Esteban en largas pláticas ya había aprendido algo sobre la reparación de VCR, aunque sabía que iban que volaban hacia la obsolescencia. Por eso ponía más atención en el arreglo de los aparatos de DVD.

—¿Y luego? ¿Por qué no le caíste anoche al juego de México, güey? Ahí estuvimos en el Bar-Bon hasta pasadas las doce ̶ dijo Esteban mientras el Turu se sentaba en el taburete que, por uso, era casi de su propiedad.

—Güey, lo que pasa es que me quedé viendo el beis. ¿Neta no lo viste tú? ¿Ya viste cómo estuvo?

—Ah, chingá, ¿pos de cuándo a acá te gusta el beis? Esa no me la sabía. Sí vi que estaba la Serie Mundial, pero yo de eso ni color. ¿Quién ganó o qué?

—Ese es el pedo precisamente: ¡ganó Boston, güey!

El Turu traía una sonrisa casi del tamaño de la mochila, de la que sacó la sección de deportes de El Informador (¿así o más tapatío?) y la puso sobre el mostrador del taller. Ciertamente, en la primera plana aparecía la nota del triunfo de México en su amistoso contra Ecuador: 2-1 con doblete del Kikín Fonseca. Pero el titular de la sección, al menos en esta ocasión, no tenía que ver con futbol: “¡Lo hicieron!”, rezaba la cabeza de la nota sobre una foto grande de los Red Sox celebrando en el centro del diamante. Esteban leyó la larga bala al calce de la foto y creyó empezar a entender: “Tras 86 años de sufrir derrotas que le rompieron el corazón a su afición, de ser víctimas de burlas y de ser protagonistas de una peculiar leyenda en las Grandes Ligas, los Medias Rojas de Boston ganaron la Serie Mundial, barriendo en cuatro partidos a San Luis”.

—¡No mames: 86 años! ¡Me cae que ya ni el Atlas, ca…!

—¡Exacto, güey! ¿Ya ves por qué ayer preferí ver el beis? ¡Ayer estos cabrones rompieron la maldición de Babe Ruth! No eran campeones desde 1918. La neta yo tampoco le hallo mucho al beis, pero eso sí fue histórico, me cae.

—No, pos así da menos agüite irle al Atlas. Acá nomás llevamos 53 años esperando.

—Tal cual. Para allá voy. Se me hace que los astros justicieros andan sueltos, güey. Hubieras visto la cara de la gente en las calles de Boston. Anoche me quedé buen rato viendo el desmadre en la tele. Fue como un pinche exorcismo. Y esa gente es bien leal a su equipo. Es más: se me hace que tener tantos años sin ser campeón era algo que unía a la afición. Un rollo de identidad. Poca banda se prende tanto con su equipo como los fans de los Red Sox. En el Gabacho son famosos porque son bien exigentes con el club, y son muy conocedores del juego. No son villamelones como los fans de los Yankees, borregos que a cada rato celebran: esos sí llevan veintitantos campeonatos.

—¡’ta madre, como las pinches Chivas! – acotó Esteban.

—¡Ándale! Por ahí va la cosa. Los Red Sox tenían 86 años sin ser campeones y son los archirrivales del equipo más popular de la Gringoria, los Yankees. Esos güeyes se la pasaban echando carreta a los Red Sox por todos sus años sin ser campeones, y regodeándose en su montonal de títulos, como acá le hacen las Chivas. Ya sabemos que el verdadero enemigo de las Chivas es el Atlas, güey. Eso de que sea el América es un invento de Televisa.

La velocidad con que hablaba el Turu delataba su excitación irremediable. Había pasado la noche metido en internet, documentando un paralelismo que le parecía revelador. Se le llenó de humo la cabeza comparando a Joe DiMaggio con Chava Reyes; a Ted Williams con Felipe Zetter. Conjeturó que el Bigotón Jasso chutaba como bateaba Mickey Mantle; y que el Pistache Torres era punto menos que el Carl Yazstrzemski del Paradero.

—Me cae que si estos güeyes ya pudieron ser campeones, no ha de faltar mucho para que el Atlas dé el campanazo— dijo el Turu sin reservas.

—Dios te oiga— contestó Esteban sin mirarlo. Tenía los ojos puestos en la foto de los Red Sox que celebraban desquiciados. Si el diccionario tuviera una ilustración en la página donde define ‘euforia’, tendría que poner el rostro del cátcher Jason Varitek abrazado por Keith Foulke, el pitcher cerrador.

Red Sox

Ese fin de semana el Atlas jugó como visitante contra los Tigres en el Volcán. Históricamente había sido una cancha difícil, pero en aquella ocasión ganaron 3-1. Robson Souza metió dos goles. Con un poco más de discreción el Turu siguió alimentando sus ilusiones. No dejaba de ver los partidos de la liga mexicana, deseando que el Atlas ganara cuando partido jugaba, y que las Chivas perdieran semana tras semana. ¿Qué se le iba a hacer?: una cosa viene con la otra. Pero en sus ratos de ocio había encontrado una nueva entretención. Frecuentaba la página web de los Red Sox y diversas ligas para aprender nuevos detalles sobre su historia; sobre la rivalidad con los Yankees; sobre el Fenway Park y las leyendas en torno a él; sobre la afición que fue más paciente que Penélope, la de Ulises.

Una noche se encontró un foro con discusiones y videos de Boston y sus múltiples derrotas en postemporada. La amarga historia de la Serie Mundial del ’86 le hizo un nudo en el estómago. Boquiabierto reprodujo varias veces el video del error de Bill Buckner, primera base de los Red Sox a quien bastaba atrapar un roletazo de rutina para amarrar el ansiado campeonato… y se equivocó en lo más elemental. Tras su error los Mets –que para colmo son de Nueva York – ganaron el partido y prolongaron la Serie Mundial hasta quedarse con el título. El Turu no daba crédito. Parecía verdad la leyenda de la maldición de Babe Ruth, quien sentenció que Boston nunca volvería a ser campeón luego de que su dueño cometió la desfachatez de venderlo a los Yankees (sí, a los Yankees) para la temporada de 1920.

Babe Ruth con los Red Sox en 1918

Babe Ruth con los Red Sox en 1918

La volátil imaginación del Turu se conectó con su memoria. Hacía apenas cinco años el Atlas había vivido una historia parecida. Jugando como nunca, llegaron a la final de liga en el torneo de Verano del ’99, contra el Toluca. Empate de alarido en el juego de ida y otro empate en la vuelta. El campeón se definió por penaltis y ahí, en muerte súbita, el Jerry Estrada también se equivocó. Falló su disparo y prolongó hasta la fecha el ayuno que data de 1951. Para el Turu la comparación entre Buckner y Estrada era punto menos que simétrica. No había argumento racional que lo ayudara a darle su lugar y su tamaño a cada episodio. Un escalofrío lo sacudió, y no logró conciliar el sueño hasta las tres de la mañana.

En la recta final del torneo el Atlas mantuvo un paso medianamente sólido. Dirigidos por Sergio Bueno, los Zorros de 2004 tocaban con orden. El cuadro titular no era tan legendario como aquel del ’99 pero la armaba bien con Toño Pérez en la portería, el Pollo Salazar, el Recodo Valdez; Osorno todavía era desequilibrante; el Loquito García y el Tripa Pérez en sus mejores días; la consistencia de Carlos María Morales y arriba un diamante en bruto: Robert de Pinho, un brasileño tan joven como talentoso. Su velocidad y su puntería francamente ilusionaban. Todo balón que recibía en el área rival era una promesa, y tenía la sana costumbre de cumplirlas. Terminó la temporada regular con el Veracruz como superlíder y con el Atlas en un digno cuarto lugar. En la liguilla habría que enfrentar al quinto de la general, y ahí empezaron los nervios. Con sus 29 puntos, ese lugar correspondió ni más ni menos que al Guadalajara. Se jugaría el Clásico Tapatío en cuartos de final. Si los rojinegros querían ser campeones tendrían que despacharse en directo a su némesis histórica.

Robert de Pinho

Robert de Pinho

Como suele ocurrir con los afiebrados cuando su equipo llega a la liguilla, el Turu no podía pensar en otra cosa en los días previos al juego de ida contra las Chivas. Hizo sesudos análisis línea por línea, hombre por hombre, tanto del Atlas como del odiado rival. No se atrevía a decirlo en voz alta pero sentía que los Zorros llevaban una ligera ventaja: tocaban mucho más rápido y tenían más variantes. Además el Guadalajara no contaba con un delantero tan contundente como de Pinho. El Turu no quería hacer confianza: se preguntaba por los jugadores rivales con potencial para dar una sorpresa, y hasta calculaba cómo había que hacer marcajes hombre a hombre para evitarle a los árbitros la tentación de pitar penaltis a favor de las Chivas. Estaba cavilando el historial reciente del Clásico Tapatío; recordando los detalles que resolvieron cada juego a favor de un equipo u otro en los últimos años cuando le cayó el veinte. De hecho le extrañó no haberlo pensado antes, y hasta se avergonzó consigo mismo por ello: los equipos de “la gran rivalidad” se enfrentarían entre sí de camino hacia la final.

Recordó que lo mismo había pasado en los playoffs de las Grandes Ligas hacía apenas unas semanas. Para llegar a la Serie Mundial los Red Sox eliminaron a los Yankees en una serie legendaria. Nunca un equipo ligamayorista había remontado una desventaja de tres partidos perdidos para después ganar cuatro consecutivos y llevarse la serie. Eso no se había visto en los 130 años que llevaba el beisbol profesional estadounidense, de manera que los aficionados durante muchas generaciones se preguntaban cuándo ocurriría. El hito fue de los mismos Red Sox que tan cautivado traían al Turu en ese otoño. No sólo fue la hazaña en la final de la Liga Americana, sino que fue precisamente contra los odiados Yankees. Al caer en cuenta de ello el Turu se relajó. Le habitó la certeza de que la serie del Atlas contra las Chivas estaba resuelta. Los brujos de la justicia andaban sueltos, y con la consigna de restaurar algún tipo de equilibrio cósmico.

Robert de Pinho con Carlos María Morales y Juan Pablo García.

Robert de Pinho con Carlos María Morales y Juan Pablo García.

Por su mejor posición en la tabla, al Atlas le tocó visitar primero y recibir después. Mero formalismo en el entendido de que los dos equipos compartían el Estadio Jalisco. En la noche del juego de ida el Turu se lanzó al Bar-Bon con toda su banda para ver el partido que todo el país podría ver por tele abierta, excepto los tapatíos. Jaladas de Televisa para vender el SKY a como diera lugar entre la gente hambrienta de pan-bol. Durante los días previos y hasta esa tarde, sus amigos le preguntaban si no iría al estadio. No sólo era ver al Atlas en liguilla: era ver un clásico contra las Chivas.

—¡Ni madres!— contestaba sin chistar —No voy a darle mi lana a esos cabrones. Me la guardo para el juego de vuelta. La taquilla del domingo va a ser para el Atlas—.

Robert de Pinho con Osorono

La ida fue dura, como se esperaba. Pero los Zorros aguantaron toda la vara. Guardaron el orden y el Loquito García se encontró un gol. Obligadas a ganar en el global, las Chivas se lanzaron a buscar el empate y tuvieron su chance. Sí: por la vía de un penalti que al menos esta vez era difícil objetar. Pero los brujos justicieros estaban en sus puestos. Hechizaron a Ramoncito Morales, quien más que un tiro sacó un escupitajo que le llegó rodando a Toño Pérez. El resto del partido fue pura neutralidad. 0-1 a favor en el juego de ida, lo que permitía incluso perder por un gol en la vuelta, y aun así pasar a semifinales.

La vuelta fue un juego loco. Dos goles de Robert de Pinho y uno más del Loquito pusieron al Atlas 3-0 apenas al minuto 23. Con global de 4-0 todo estaba sentenciado. Y como para mandar sus guiños desde la cuarta dimensión, donde trabajan los duendes, las brujas y los nigromantes, Palencia falló otro penalti para las Chivas. Esa noche de domingo el Turu sí estuvo en el Jalisco. Encantado de la vida hizo sus tres horas de cola en la taquilla desde el viernes y fue al juego con Esteban. Cuando de Pinho metió su segundo gol —tercero de la noche para el Atlas— ya no necesitaron recordar la imagen de los jugadores de Boston para entender qué era la euforia. ¡Estaban goleando a las Chivas en plena liguilla y las semifinales eran inminentes! Una administración timorata del partido por parte de Sergio Bueno permitió a las Chivas empatar a tres en tiempo de compensación. El hecho amainó la adrenalina. Tal vez eso era otro gesto de los brujos que quisieron evitar que el Turu, Esteban y la mitad rojinegra de la población tapatía se mataran en su locura. De todas formas fue un global de 4-3. Las Chivas estaban eliminadas y humilladas mientras que los Zorros verían a los Pumas en el paso previo a la final.

chilena_depinho

Ya en la mañana del lunes el Turu no hacía sino contar las horas que faltaban para la ida de las semifinales. Todo pintaba a su favor: la vuelta sería en el Jalisco y el empate en el global bastaban para avanzar. Intentaba concentrarse en la escuela y lo lograba a ratos. Hasta eso no dejó de entrar a ninguna clase en la semana, y entregó todas sus tareas. Algo en la conciencia le sugería que si el cosmos era generoso con él por esos días, lo mínimo que podía hacer era cumplir con su parte. De pronto el Turu se ofrecía en casa para hacer mandados que solía hacer su mamá; tendía su cama y hasta lavaba los trastes después de comer, antes de salir a la escuela.

—Usté descanse, jefa. Ya hizo la comida. Yo lavo la loza mientras usté hace siesta o ve la tele— decía el Turu ante la mirada estupefacta de su madre.

Sentía que de esa manera contribuía a guardar el orden de las cosas que en los últimos meses tanto le gustaba. Aprovechaba cada espacio libre, ya en el camión, en la regadera o caminando por la calle, para hacer con los Pumas el mismo análisis pormenorizado que había hecho con las Chivas. Reconoció que sabía mucho menos de los jugadores de la UNAM. Cosas de la rivalidad. A nadie se conoce mejor que a quien se odia. Tal vez por esa laguna esa semana dedicó más tiempo a alimentar los paralelismos entre el Atlas y los Red Sox. Igual que estos, ya habían pasado por encima de su némesis y estaban más cerca de terminar con su ayuno atávico. Ese era un otoño de reivindicaciones. De pronto cayó en cuenta de su habilidad reciente en materia de interpretación. No recordaba haber hecho algo así antes. Estaba sorprendido de sí mismo por tener la sensibilidad metafísica para identificar tendencias y hasta pensó que eso podría ser un don. Para sus adentros pensaba que los signos no se le niegan a nadie, pero unos son más aptos que otros para verlos y descifrarlos. Al tiempo que reconoció que era un novato en esos asuntos recordó que había profesionales. Tal vez él podría ser uno de ellos si perseveraba y estudiaba lo necesario.

Robert de Pinho en un juego contra los Tigres.

Robert de Pinho en un juego contra los Tigres.

Evocar a los expertos en la predicción del futuro le abrió un atajo hacia su Ítaca coyuntural. Había estado buscando señales que le confirmaran la llegada del año de gracia rojinegra. En las últimas semanas se había atenido a su heterodoxo mecanismo de lectura, basado en la suerte del equipo de beisbol que a su juicio era algo así como el Atlas del diamante, en Región 1. Pero un profesional podría darle certezas a la confianza, o mejor dicho, a la ilusión, que finalmente siempre tiene algo de ingenua. El Turu no quería construir castillos en el aire. Además sabía que para ser campeón había que ganar partidos, lo cual involucraba más a los jugadores que a las pitonisas. Aun así tuvo presente un localito a tres o cuatro cuadras de su casa, cuyo rótulo anunciaba los servicios de Madama Shirley, lectora de cartas, de la mano y vidente.

Todavía el jueves por la mañana, horas antes del juego de ida, le parecía que había llevado el tema demasiado lejos; que eso de consultar quiromantes era esoterismo barato. Incluso le entró algo de miedo. A media mañana su madre lo mandó al mercado por cosas para la comida y pasó junto al local de Madama Shirley, que en realidad era una estética unisex. Con algo de humo en la cabeza pensó que debería superar sus temores. El hecho de pasar por ahí el día del partido tal vez era una señal. Se paró en el marco de la puerta y estuvo inmóvil por más de un minuto, sin atreverse siquiera a saludar a la estilista que humedecía el cabello de una clienta. La dependienta tomó la iniciativa:

—Buenas. ¿Se te ofrece algo?

—Eh, ehhh, hola. Busco a Madama Shirley. ¿Sí es aquí?

—Ah, ya veo. Claro: aquí es. Dale un minuto para que baje –y acto seguido, la dependienta lanzó un grito al aire ̶ ¡Marthaaaaa, tienes clienteeeeee!

La chica volvió su concentración al cabello de la señora, y ya sin mirar al Turu se limitó a señalar una puerta en la esquina del local.

—Pásale y espérala ahí.

El Turu obedeció. Cruzó el salón de belleza y abrió la puertita de algo que en condiciones normales habría sido una bodega, pero estaba acondicionado con una mesa minúscula, dos sillas y algunos cuadros con temas alusivos a doctrinas filosóficas orientales. Detrás de él entró una joven que lo abordó de inmediato.

—¿Vienes a consulta?

—Ehh, sí— contestó el Turu vacilante, y en cuanto agarró algo confianza respondió a la pregunta con otra pregunta —¿Usted se llama Shirley o Martha?—

La pitonisa sonrió. Era la última cosa que esperaba oír como primera pregunta de su cliente.

—Me llamo Martha, pero si mis papás me hubieran dejado escoger mi nombre, creo que me habría puesto Shirley. Me encanta. Por eso lo tomé como nombre artístico.

La jovialidad de Martha-Shirley relajó al Turu, que poco a poco se sentía con más confianza. Su interlocutora no era sino otra chava del barrio. Al ver que si acaso era dos o tres años mayor que él se permitió tutearla y hacerle otra pregunta:

—Ah, ya veo. Oye, ¿y se dice ‘madame’ o ‘madama’? ¿Por qué te pusiste ‘Madama Shirley’?

—Eso es otro boleto. Me puse ‘Madama’ en honor a la Madama Butterfly, una señora con una historia bien triste. Otro día te la platico si quieres. Pero vamos a nuestro negocio: ¿qué te trajo conmigo?

—Híjole, la verdad me da algo de pena el asunto.

—Estás en confianza. Soy una chava muy parecida a ti, con ganas de poner mis dones al servicio de mis semejantes. Además puedes estar seguro de que no le diré a nadie lo que me compartas.

—Es que me gustaría recibir alguna señal, algo que me diga si de veras este año el Atlas va a ser campeón.

Martha, o mejor dicho, Madama Shirley no pudo ocultar una sonrisa de oreja a oreja. La pregunta le inspiraba algo en medio de ternura y compasión. Guardó silencio y con señas pidió al Turu que se sentara en una de las dos sillas. De una cajonera sacó tres velas que puso sobre la mesa y las encendió. Acto seguido, con los ojos cerrados sacó del mismo mueble un peculiar mazo de cartas. Se sentó ella también y desplegó los naipes sobre la mesa, como abriendo un abanico. Todas las cartas tenían pegado un terciopelo tinto al reverso que las uniformaba. Pero el Turu se dio cuenta de que el dechado incluía piezas de baraja francesa, española, cartas de tarot, tarjetas de crédito viejas, tarjetas telefónicas de prepago, estampas de santos católicos e imágenes de todo tipo. De tan variado, el mazo no podía ser más kitsch.

—Ahora vas a tomar una carta, pero sin ver el mazo. De hecho debes dirigir tu mirada al sol para pedir su iluminación. Es casi mediodía, así que el sol está en lo mero alto. Bastará con que mires al techo.

Con toda la fe que cabía en su cuerpo flaco el Turu hizo lo que le pidió la hechicera. Palpó ligeramente tres o cuatro naipes con las yemas de los dedos hasta que se detuvo en una carta. La sacó del mazo y la dejó sobre la mesa, sin atreverse a voltearla.

—¿Puedo ver la carta?— preguntó timorato.

—Claro que sí. A eso viniste. Tú la estabas buscando, pero también ella te estaba buscando a ti. ‘Ora sí que yo nomás serví de puente entre ustedes; bueno, con el favor del sol.

El Turu recogió la carta y la giró despacio, con solemnidad. Le sorprendió mucho lo que vio. Era una de esas tarjetas coleccionables con beisbolistas de Grandes Ligas. Si bien todavía era poco lo que sabía de beis, el nombre del jugador no le era desconocido.

—¡Ah jijo, es Sammy Sosa!

—¿Lo conoces?— respondió Madama Shirley.

—Sí, claro. Es uno de los mejores beisbolistas del mundo. No sé mucho de beis, aunque últimamente he estado averiguando sobre…

El beisbolista Sammy Sosa.

El beisbolista Sammy Sosa.

La voz y los ojos del Turu se congelaron. No se atrevió a completar la frase. Creyó comenzar a entender el mensaje de las cartas. Madama Shirley era buena intérprete y fue capaz de leer el estado de ánimo de su cliente, sobresaltado y reconfortado a la vez:

—Se me hace que ya tienes una pista grande para responderte tu pregunta.

—Híjole, creo que sí. La verdad nunca me hubiera imaginado esto. Ahora veo señales por todos lados.

—¡Claro que hay señales por todos lados! —confirmó la hechicera— Quédate con la carta. Como te dije, ella también te estaba buscando a ti. Qué bueno que viniste a recogerla.

El Turu se tardó varios segundos en reaccionar. Agradeció el servicio recibido y preguntó cuánto debía por ello. El precio le pareció razonable en proporción a la revelación. Esa noche salió disparado de la escuela al Bar-Bon para ver el partido con Esteban y demás amigos. Otra vez fue un juego loco que a todos en el bar tuvo al filo de sus butacas, excepto al Turu que vio caer gol tras gol con extraño sosiego. Cuando los Pumas se pusieron arriba 2-0 al cabo de doce minutos de partido el nerviosismo hizo su agosto entre los atlistas, los del bar y los de todo México. Luego vino el 2-1; y el 3-1; y el 3-2; y el 3-3 que metió de Pinho. En ese momento el Turu sintió que se confirmaba una hipótesis que había cavilado desde que salió de la estética unisex. Se dijo a sí mismo que Sammy Sosa era negro, como el centro-delantero de sus confianzas. Y tanto uno como el otro eran un par de chingones. A siete minutos del final los Pumas metieron el 4-3 que sembró preocupación entre la concurrencia. No así en el Turu. Recordó que un mensaje similar enviaron los brujos justicieros cuando traían a las Chivas 3-0 el domingo anterior, y se dejaron empatar.

Juan Carlos Medina, en el 2004.

Juan Carlos Medina, en el 2004.

—Tranquilos, güeyes. Basta con ganar por cualquier marcador el domingo para pasar— dijo a sus amigos tratando de transmitirles la confianza que no solo lo habitaba, de plano lo inundaba.

Pasó la mañana del viernes haciendo cola por sus boletos para el juego del domingo. Desde el día anterior, a donde iba lo acompañaba la cartita de Sammy Sosa. Estudiaba los movimientos de cada extremidad del jonronero dominicano a partir de la fotografía, intuyendo cómo debería hacerlos un buen bateador. Llegó su turno para comprar boletos y se llevó dos para la misma zona del domingo anterior. Pasó por el taller de Esteban para dejarle el suyo. Acordaron verse a la misma hora y en el mismo punto de la otra vez, y aunque no lo dijeron, cada uno pensó que no estaría de más irse vestido con la misma ropa. La liguilla exacerba las cábalas, máxime cuando hay que remontar un déficit de un gol en el global.

En la tarde del domingo los amigos desfilaron junto a miles de esperanzados rojinegros hacia la tribuna. Llegaron lo suficientemente temprano para sentarse en los mismos lugares de ocho días antes. No se atrevían a platicar mucho. Pensaban en lo mismo, pero cada quien lo hacía solo. Incluso el Turu, que de cuando en cuando palpaba la tarjeta de Sammy Sosa que llevaba en el bolsillo del pantalón, estaba más nervioso que en la noche del juego de ida en el Bar-Bon. Contrario a ese partido, el de vuelta empezó muy duro. Los equipos se cuidaban del error y generaban pocas llegadas. El hilo del juego se fue poniendo tenso, como tensa estaba la gente en la tribuna. A falta de tres minutos para el descanso, los Pumas abrieron el marcador. El medio tiempo se hizo eterno para los atlistas que ahora esperaban ver a su equipo meter dos goles.

—¡’ta madre, ‘ora sí está bien cabrón! Estos pinches Pumas no han dejado hacer nada y ahora hay que clavarles dos— se quejó Esteban sin ocultar su alarma.

—A ver, güey; a ver qué pasa— espetó el Turu buscando esperanza en algún planteamiento racional, que no pasara por Sammy Sosa o por el milagro de octubre de los Red Sox.

Alrededor de cincuenta mil estómagos en el estadio daban vueltas cuando empezó el segundo tiempo. La inquietud se volvió pesadumbre apenas dos minutos después, cuando la UNAM metió un gol más. Entonces no solo el Turu sino toda la afición del Atlas vio pasar frente a la mirada de su memoria todos los sinsabores que habían atestiguado en sus vidas. Los más grandes recordaron incluso el par de ocasiones en que el equipo soportó la ignominia del descenso; y a los más jóvenes se les apareció el fantasma del Jerry Estrada, vestido con la camiseta de visitante con que falló el penalti decisivo en la final del ’99. El Atlas no encontraba la manera de meter un gol y tenía que hacer tres. Los Pumas se dedicaron a neutralizar cualquier cosa que intentaran los locales. Sólo en el minuto 86 de Pinho fue capaz de descontar y meterle decoro al resultado global: 6-4 a favor de los chilangos. Cuando el brasileño anotó su gol, el Turu sacó la carta beisbolera de su bolsillo. Se fijó más detalladamente en la tez del beisbolista y ya no le pareció tan oscura como la del goleador del Atlas. Ninguno de los dos era, digamos, azabache. Antes bien eran morenos, y Sammy Sosa lo era un poco menos.

Robert de Pinho celebra

Con el silbatazo final vino la respuesta inobjetable a la pregunta que el Turu se hizo en los días de la Serie Mundial, cuando vio a Boston romper 86 años de ayuno. Se sintió pendejo por haber alimentado tantas ilusiones; por creer que una cosa era la señal de que ocurriría la otra. Haber elegido una carta con un beisbolista le había parecido una premonición de los brujos que se suponía que equilibrarían las fuerzas del cosmos. No sabía con quién enojarse: consigo mismo por pendejo; con Sergio Bueno por pendejo; o con la defensa que recibió nueve goles en los últimos tres partidos (¡pendejos todos ellos!). Así no se podía ser campeón, por más confabulación astral que uno se organice. Todo eso pensaba en silencio mientras caminaba con Esteban, que le ofreció aventón a su casa. Ninguno de los dos decía palabra. En el coche, en vez de buscar la transmisión del partido para escuchar las entrevistas consabidas, pusieron una estación de banda que se encargara de revertir el silencio incómodo.

En la puerta de su casa el Turu agradeció el aventón. Él y Esteban se consolaron mutuamente como lo hacían cada seis meses: desplazando la esperanza al siguiente torneo. Saludó con desgana a sus padres y se encerró en su cuarto. Comenzó a desvestirse con sobrada parsimonia y volvió a palpar la tarjeta beisbolera.

Contrariado aún por lo que creía que eran signos contundentes, quiso entender la parte del paralelismo que no fue capaz de ver. Prendió la computadora para averiguar más detalles en la red sobre Sammy Sosa y los Red Sox. Buscando datos del dominicano fue a dar a la página oficial de su club, los Cachorros de Chicago. Mató tiempo curioseando el sitio; confirmando lo importante que era Sosa para su equipo y sus impresionantes estadísticas a la ofensiva. Leyó dos o tres cosas sobre su carrera contra Mark McGwire en el ’98, cuando el dominicano y el gringo se enfrascaron en un duelo de jonrones en pos del récord de Roger Maris. Recordaba algo de esa historia. Por eso le era familiar el jugador de su fetiche. El Turu siguió navegando la página del popular equipo de Grandes Ligas, en parte por curiosidad y en parte para no pensar en futbol. Sus ojos alcanzaron proporciones de pelota de beisbol cuando encontró el palmarés del equipo de Sosa: los Cachorros no han ganado una Serie Mundial desde 1908.