La chica con el tatuaje de Juanga

Por: América Pacheco / Magis Revista

Para Alberto Aguilera Valadez, que inventó una historia con la que pudo vivir

«No sólo era un enorme cantante, Juan Gabriel era un punk de verdad: en un país de machos, bailó como se le pegó su pinche gana».
—Yuri Herrera

30 de agosto de 2026.-Tengo a Juan Gabriel tatuado en el antebrazo izquierdo, en la parte de atrás, donde no puedo verlo a menos que lo gire con cierta violencia hacia mí misma. Lo hice así a propósito, aunque no lo sabía en el momento de la sesión. Lo único que supe entonces era que él acababa de morir —28 de agosto de 2016— y que algo en mí necesitaba inscribirlo en la piel antes de que el mundo encontrara la manera de olvidarlo. Ahora sé que lo puse donde no me es visible porque los homenajes más honestos rara vez son diseñados a gusto del espejo.

La imagen que elegí es una fotografía en blanco y negro de los años ochenta. Él, joven, todavía sin las lentejuelas de la gloria máxima, atraviado con un traje color hueso y el micrófono en una mano. La otra mano extendida hacia el lente —hacia quien mira— con los dedos ligeramente abiertos. Un gesto que simplemente dice: Aquí estoy, aquí estás, esto nos está pasando a los dos. Llevo ese gesto debajo de la piel desde hace casi diez años.

La primera canción de Juan Gabriel que escuché fue “He venido a pedirte perdón”. Tenía quizá siete años. Caminaba con mi mamá en nuestras visitas obligadas cada domingo al tianguis de San Felipe, en el Distrito Federal. La música provenía de una grabadora enorme y destartalada que tenía un taquero callejero —una de esas grabadoras de los noventa, del tamaño de un maletín, con los parlantes frontales cubiertos de tela negra, que ya se estaba deshilachando por los bordes—. El olor era a aceite de trompo y cilantro y el humo dulce de la carne quemándose. Y entre todo eso, esa voz.

No entendí la letra. A los siete años no se entiende qué significa ir a pedir perdón, o qué clase de deuda emocional arrastra una persona que necesita componer una canción para pedirlo. Pero creo que entendí algo más profundo que la letra: entendí el tono. La voz de Juan Gabriel tiene una propiedad acústica que no he encontrado en ningún otro cantante del mundo, y que desde tan temprana edad aprendí a reconocer hasta dormida. Es una voz que suena como si ya supiera que no va a ser perdonada, y que canta de todas formas. Una voz que ha hecho las paces con la derrota antes de que la derrota llegue. Ese genio no se aprende, se hereda de la infancia, y todos sabemos a estas alturas que él tuvo la peor infancia posible.

Alberto Aguilera Valadez nació en Parácuaro, Michoacán, en 1950, el menor de diez hijos de una familia a la que la pobreza desintegró a cachitos. Su madre lo entregó a un internado cuando tenía cuatro años. Cuatro años. Después vinieron el orfanato, la calle, el abuso de un sacerdote, la cárcel de Lecumberri acusado injustamente de robo. Todo eso antes de los 20 años. Ojalá lo hubieras cometido, Albertico.

Y, sin embargo —o precisamente por eso—, en aquel tianguis una grabadora destartalada estaba transmitiendo su voz a una niña que tampoco sabía todavía lo que era el dolor, pero que ya lo presentía en los huesos. A veces pienso que lo que hacen los grandes artistas es llegar a su público incluso antes que el vocabulario.

Comencé a nadar para no morir
Nada de metáforas. Literalmente: tenía un pulmón con agua, secuela de una lesión de la infancia, y el neumólogo me prescribió natación como quien prescribe un medicamento inaplazable. Ve al agua o las consecuencias serán otras. Fui al agua. Y el agua me hizo algo que ninguna terapia, ningún fármaco, ninguna conversación había logrado: el cloro me devolvió mi propio cuerpo.

El agua siempre es azul. No el azul neutro del cielo despejado, sino azul turquesa, azul de profundidad, azul que parece tener temperatura y peso y una intención específica en los cuerpos que se meten en ella. Cuando me zambullo y escucho que el mundo exterior desaparece —ese silencio sordo y envolvente que sólo existe bajo el agua— siento que el tiempo funciona de otra manera. No existe pasado bajo el agua. Sólo hay respiración y longitud y el ritmo de los brazos que encuentran su cadencia como una oración que el cuerpo recita de memoria.

Lidia Yuknavitch es mi escritora favorita, y no es casualidad que sea nadadora. También usó el agua para sobrevivir a una infancia que intentó destruirla: un padre abusivo y una madre incapaz de protegerla, los años de adicción y autodestrucción que siguieron. En sus memorias (The Chronology of Water, publicadas en 2011 y adaptadas al cine por Kristen Stewart en 2025), su vínculo con la natación se aleja del terreno de la disciplina que exige el deporte. En la natación encontró el único lugar en donde su cuerpo le pertenecía, ese extraño lugar donde nadie puede tocarte sin tu permiso.

Confieso que llegué a la película de Stewart por un camino inesperado: fue el documental de Juan Gabriel el que me empujó hacia ella. Verlo construido casi íntegramente con su propio archivo —esas filmaciones en 8 mm, esas cartas, esa obsesión por preservar las pruebas de su existencia— me recordó la misma urgencia que atraviesa las memorias de Yuknavitch: la necesidad de narrar el cuerpo antes de que el cuerpo desaparezca. Dos archivos distintos, el mismo impulso. Fui a buscar la película esa misma noche.

La cronología de Juanga
Juan Gabriel inventó una historia similar cada noche de su vida. La inventó con canciones en ausencia de otras herramientas, porque nadie le había enseñado a escribir en cuadernos —componía tarareando las melodías para que después alguien las transcribiera al pentagrama—. Pero la operación era idéntica: tomar el dolor y convertirlo en una forma que pudiera sostenerse en pie, algo así como tomar el dolor y tornarlo habitable.

El 9 de mayo de 1990, Juan Gabriel llegó al Palacio de Bellas Artes con un traje de lentejuelas doradas y una orquesta sinfónica a sus espaldas. Era la primera vez en la historia que un cantante de música popular pisaba ese escenario. Meses antes, los músicos de ópera habían enviado cartas de protesta. Intelectuales habían publicado columnas indignadas. Los de siempre llamaron a aquello una profanación.

Pocas ocasiones en la historia cultural de México han contenido tanta clase, tanta elegancia en el agravio. El niño del orfanato, el preso de Lecumberri, el hombre homosexual en un país sin vocabulario para amarlo sin condiciones… ese hombre estaba de pie en el templo más exclusivo del país recordándole a la elite a quién le pertenecía el mármol. Aquí está la paradoja que lo define: en un país donde la homofobia ha sido sistémica y violenta, Juan Gabriel fue el único hombre gay amado por todos, sin excepción, sin condiciones o explicaciones. Él nunca pidió permiso. Simplemente fue, con toda la extravagancia y la libertad corporal que eso implicaba, y fue tan auténtico que resultó imposible no vincularte con su mensaje y voltear para otro lado: el camionero que lloraba con “Amor eterno” y el universitario que lo bailaba en antros gays compartían al mismo ídolo sin contradicción. Juan Gabriel logró lo que ningún movimiento social había conseguido: que la identidad quedara suspendida ante la emoción.

Yo era una de esas personas. Yo era la niña aturdida en San Felipe que no sabía que estaba aprendiendo algo sobre el dolor y la resiliencia al mismo tiempo que aprendía a caminar entre puestos de ropa de paca, fayuca y el escándalo del taquero. Yo no sabía que esa voz me estaba preparando para algo.

Hay cosas que no voy a detallar aquí, porque algunas historias pertenecen al cuerpo y el cuerpo sabe cuándo guardarlas. Lo que sí diré es esto: hubo años en mi infancia y mi adolescencia que dejaron marcas que el tiempo se empeña en prorrogar. Marcas que aprendí a cargar de formas distintas —con rabia primero, con silencio después, con escritura eventualmente, con agua al final.

Yuknavitch lo dice mejor que yo, porque ella lleva décadas diciéndolo: el trauma es una historia que se cuenta una vez y se termina. Es una cronología. Una serie de momentos que el cuerpo archiva en su propio lenguaje —tensión en los hombros, pánico sin causa aparente, la manera en que ciertas canciones te detienen en seco aunque no ignores la causa—.

El agua y la música no piden que proceses nada. No exigen que nombres lo que te pasó. Sólo piden que te muevas, que respires, que confíes en la física más básica: el agua sostiene los cuerpos que no se resisten. Es la promesa más simple del mundo y la más difícil de creer cuando vienes de una historia donde los cuerpos fueron más usados que sostenidos.

En octubre de 2025, Netflix estrenó Juan Gabriel: Debo, puedo y quiero, una serie documental dirigida por María José Cuevas y construida casi enteramente con el archivo personal del cantante: más de 40 años de filmaciones en 8 mm, fotografías, cuadernos, cartas, grabaciones de audio. Alberto Aguilera Valadez había guardado todo. Obsesiva y admirablemente, como quien intuye que algún día necesitará pruebas de su genio.

Las productoras tomaron una decisión logradísima: todas las entrevistas fueron grabadas únicamente en audio y excluyeron los rostros de testigos hablándole a la cámara, para dejarnos la voz de Juan Gabriel, sus imágenes y su propio archivo.

En una de las grabaciones del documental se le escucha hablando de su madre: “Mi mamá, tal vez por lo que pasó en su vida, no era efusiva. Me la hice mi amiga, como si nunca hubiéramos estado separados”. Esa frase es la más trágica de toda su obra, porque habla el hijo que finge su propio abandono, que inventa una madre que no existió y que rehace la infancia con insólita fantasía.

Yuknavitch hace lo mismo con la escritura: sus memorias, en paralelo al documental de Juan Gabriel, no son una versión objetiva de su vida sino la versión con la que puede vivir. Cuando afirma que los recuerdos son historias, yo leo estrategia de supervivencia, mientras otros leen una afirmación relativista. Si el pasado es una historia, entonces tiene autor; si tiene autor, el autor puede reescribir una y otra vez.

El 28 de agosto de 2016, Juan Gabriel falleció en su apartamento de Santa Mónica, California, a las 11:17 de la mañana. Dos días antes había dado su último concierto en The Forum de Los Ángeles, ante más de 17 mil personas. Tenía 66 años y más de mil 800 canciones compuestas.

En México existe una broma que no es del todo broma: el mundo empezó a irse a la mierda el día que murió Juan Gabriel. La evidencia es difícil de refutar. Semanas después llegó Trump. Luego el covid. Luego la guerra en Ucrania. Gaza. Irán. Mi boda. La inflación. Todo en ese orden aproximado, todo con esa misma energía de catástrofe acumulada que él habría convertido en canción. Juanga nos protegía de algo y no lo sabíamos. Era el escudo emocional colectivo de una nación entera y, cuando se fue, el universo aprovechó el hueco.

Me enteré de su muerte por Twitter, ahora x, y me derrumbé de la misma forma en la que te rompes cuando pierdes lo irrecuperable. Sentí algo que no esperaba, no sólo tristeza, sino una especie de ausencia física. Como si el cuerpo supiera antes que la mente que era necesario rellenar un vacío con urgencia, con un talismán indeleble. Una semana después fui con un tatuador y le mostré la fotografía: él, joven, traje claro, la mano extendida hacia el lente. Lo puse en la parte posterior del antebrazo izquierdo, donde no puedo verlo fácilmente. Donde vive en el ángulo ciego.

Ahora entiendo por qué lo puse ahí. Hace años me explicaron que los tatuajes que se hacen en la parte visible del cuerpo son declaraciones, y los que se hacen donde no puedes verlos son promesas, y esta es una promesa que no voy a olvidar: se puede venir de la peor historia posible y construir algo que el mundo entero necesite.

Nado todos los días. Llevo su imagen en la piel. Leo a Yuknavitch cuando necesito que alguien me recuerde que sobrevivir con el cuerpo intacto —o no tan intacto, pero funcional, pero tuyo—, ya es una forma de arte. Floto entre estas tres historias: la de él, la de ella, la mía. Y la palabra correcta es flotar, no nadar, porque flotar no requiere esfuerzo. Flotar es confiar en que el agua te sostiene aunque no lo merezcas, aunque hayas venido de un lugar donde nadie te sostuvo. Tanto Yuknavitch como Juan Gabriel operan desde la premisa de que la herida no se supera, porque se escribe. Que el arte no es el lugar adonde uno llega después de sanar. Es el proceso mismo de no hundirse.

Eso es lo que Juan Gabriel hizo durante toda su vida: flotó. Con lentejuelas, con una voz que sonaba a perdón ya otorgado, con una mano extendida hacia el público que era también una mano extendida hacia su propia infancia rota. Flotó en Ciudad Juárez, en Ciudad de México, en el Zócalo, en Bellas Artes, en Los Ángeles, en el corazón de 150 millones de personas que reconocieron en sus canciones sus propias heridas. Y yo soy la chica con el tatuaje de Juanga: la que lo lleva en el ángulo ciego del brazo, en el lado que apunta hacia adentro. La que nada todos los días en agua azul turquesa para no morir, y que nada ya no sólo para no morir, sino para vivir de una manera que él le enseñó a imaginar desde una grabadora destartalada en un tianguis del Distrito Federal, hace 40 años, antes de que yo supiera que el dolor tenía forma, y que la forma se podía cantar.

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