La música es la lengua materna del mundo.
Ella apoya nuestra existencia, ella protege nuestras raíces.
—“Somos sur”, Ana Tijoux
Por: Oliver Zazueta / Magis
13 de septiembre de 2026.-En este refugio no hay alfombra y no hay asientos mullidos, la dulcería no vende palomitas acarameladas (ni siquiera hay dulcería), y es posible que te caiga una cerveza (o algo peor) en la cabeza. Pero puede que pases algunos de los mejores momentos de tu vida. Advertido estás, así que:
—¡Fuera playeras, vengan máscaras, es la hora del slam!
El grito de guerra viene desde un encapuchado, pero no estamos arriba de un ring ni viendo una huracarrana en la Arena Jalisco: estamos escuchando riffs en un reducto tapatío donde reinan los sonidos alternativos del planeta. Los tapados no son otros más que los integrantes de Lost Acapulco, la banda guerrerense de garage, surf y rock and roll.
Tal vez esta arenga no esté tan equivocada: aquí las máscaras son indispensables. Afuera, en la calle, se quedan la madre y el padre de familia, la oficinista, el mecánico, la contadora, el vendedor, la persona de negocios, la maestra y el maestro. Al entrar se colocan la careta del goce, como si fueran parte de un ancestral carnaval veneciano de la estridencia. Ahí te conviertes en una versión mejorada de ti mismo, más festiva, más empática, más irrefrenable. No importan tu oficio o tu profesión: la mayoría viene a vivir un sano descontrol, para contactar con lo más puro de su ser.
El sitio es un antiguo bodegón de tuercas y tornillos que se ha transformado en un santuario del sonido. Es el Foro Independencia, que desde 2014 opera como un bastión de las corrientes musicales independientes, periféricas, emergentes y un tanto a contracorriente del mercado de consumo masivo. Aun con esta vocación, aquí tocó C. Tangana antes de hacerse mundialmente popular.
El atrio del foro es un pequeño cubículo donde puedes comprar souvenirs del artista visitante —casi siempre pósters o playeras traídas por ellos mismos—; también afuera puedes encontrarte a un par de vendedores pirata que aprovechan el nicho de mercado. En el ingreso, sobre una pared, hay una serie de afiches con frases para la memoria, algunas de canciones, otras surgidas en el fragor de batallas, pero todas dan cuenta del espíritu del lugar: “Nadie sobra, todos faltan, todos suman”; “Todos para todos, todo para nosotros”; “Haga usted el favor de sacar el gallo”; “El cambio viene desde adentro”; “El orden es la causa de mi caos”.

Al fondo, en escena, la agrupación da rienda suelta al poder crudo y ensordecedor de tres guitarras, un bajo y una batería; el piso se ha convertido en un pancracio donde La Parca, Octagón, Mil Máscaras, Máscara Sagrada y Rayo de Jalisco luchan sin cuerdas en un torbellino humano en el que bailan entre embestidas, a tres caídas sin límite de tiempo (o hasta que la canción termine).
—Qué bárbaros, se aprendieron la letra en chinga —bromea el Warpig, baterista y uno de los líderes de un proyecto que es básicamente instrumental.
Lost Acapulco tiene himnos como “Escape de Santa Martha”, “El garage de Ginna Monster” (rola que aseguran que desde hace 30 años tocan mal), “Frenesick”, “Tangatutanga”, “Acapulco Golden”, “Surf Mongol” y “Olvidemos el Romance” (una de las pocas con lírica). Pero si se les acaba el reportorio, pueden improvisar o hacer que cualquier grupo de rock mexicano suene “fresa” a su lado.
—Si ya se cansaron de esto podemos tocar una rola de Siddhartha, de Cuca o esas mamadas que les gustan a ustedes —agrega más adelante—; ya no tenemos rolas, sólo que toquemos una de los Caifanes.
El ritual dura casi dos horas de baile en las que abundan el zarandeo de cabelleras, los cuerpos en estertores, el humo y la luz, las cervezas acomodadas en el piso o en los pilares estilo greco del búnker, y algunas salidas espontáneas a la terraza para ir a tomar aire, conversar con amigos y fumar un tabaco en el área libre. Cuando todo termina, las máscaras se guardan de nuevo. La realidad nos espera.

Bodegón del rock
Jesús Guillermo González Weeks, o, como todos lo conocen, el Weeks, lleva las riendas del Foro Independencia desde su fundación hace casi 12 años. Lo inició con el apoyo familiar, junto con su padre, un viejo socio del club Atlas —al cual ambos son muy aficionados desde la cuna—.
—Desde adolescente quise tener un bar o un lugar para conciertos. Y siempre estuve bastante metido en la música, desde los 16 o 17 años —recuerda.
Egresado de Ciencias de la Comunicación del ITESO en 2002, Weeks fue integrante de la banda tapatía No Tiene la Vaca, y de los proyectos Hugo, Cruda Mata y Los Mala Vibra. Un tiempo trabajó en comunicación de la Federación Mexicana de Futbol y en clubes como Veracruz y Atlas; cuando los rojinegros fueron vendidos a TV Azteca, le ofrecieron quedarse, pero ahí tomó la decisión de dedicarse de una vez por todas a su sueño de juventud.
En un antiguo predio en el barrio tapatío de Mexicaltzingo, propiedad de su abuelo, donde ahora están el Foro y el Anexo Independencia —un espacio contiguo para presentaciones más pequeñas de no más de 200 personas—, existía un almacén de refacciones de una empresa cuyos trabajadores se habían ido a huelga. El inmueble estuvo clausurado por 10 años, hasta que por fin pudo liberarse, para dejar de guardar metales y en vez de eso sonar a metal y a otros géneros.
—Estaba sin trabajo, viendo qué iba a hacer. Le dije a mi jefe: “¿Cómo ves? ¿Hacemos esto?”. Mi papá es comerciante, así que lo vio como una oportunidad de negocio. Empezamos a arreglar el lugar, que era un caos, estaba por caerse. Yo le metí todos mis ahorros. Hubo un momento en que subieron tanto los costos de reparación y mantenimiento que dijimos: “O lo dejamos ya y perdemos todo, o le metemos más y a ver cómo nos va”. Y, pues mira, aquí seguimos.
Operando con un permiso de centro cultural y artístico, el foro se inauguró oficialmente en septiembre de 2014 con un concierto de Los Garigoles; de hecho, la agrupación tapatía es de las consentidas del lugar y cada año arma una posada en diciembre que incluye piñatas y rocanrol. En sus primeros meses de existencia, la administración del foro trajo a la banda neoyorquina Biohazard. De ahí en adelante, su cartelera combina proyectos locales, nacionales y latinoamericanos, así como grupos de habla inglesa y de la escena europea.
Hoy recibe un promedio de 200 conciertos al año, con alrededor de mil bandas entre headliners, abridoras o miembros de cartel. A su entarimado se suben aproximadamente 5 mil músicos en 12 meses, quienes tocan ante más de 60 mil asistentes en promedio. Lo mismo se oye cumbia, son, folk y norteño que ska, punk, reggae, trap, rap, hip-hop, garage, hardcore o metal y sus derivados.
Ahí se han presentado Los Mirlos, Chico Trujillo, Los Esquizitos, Silverio, Vodoo Glow Skulls, Face to Face, Black Flag, Touché Amoré, Brujería, Juan Cirerol, Ill Niño, Mono, Satanic Surfers, Ignite, Naty Peluso, Chicano Batman, Mayhem, y también proyectos locales como Laboratorios Moreno o Colores Santos. El Foro tiene también su propio fanzine y un blog, una radio por internet (Independencia Radio) y una tribu digital de más de 49 mil seguidores en Facebook y 19 mil en Instagram.
Las comparaciones son odiosas, pero podría verse al Foro Independencia como heredero de uno de los lugares icónicos en la escena musical alternativa de la ciudad: el Centro Cultural Roxy. Ahí está esa mística arrabalera e inclusiva; sin embargo, a decir del propio Weeks, lo distinguen varias cosas, pues la escena y la industria de la organización de conciertos han cambiado mucho desde los años gloriosos del Roxy, en las décadas de los noventa y dos miles.

Mezquitán 80: euforia y clausuras
Hubo espacios importantes antes, pero ninguno con el espíritu del Roxy. Ubicado en Mezquitán 80, en el centro de Guadalajara, este sitio dejó una profunda huella en el imaginario popular tapatío.
—El Roxy siempre fue la cabeza de todo esto; yo fui muy fan, toqué muchas veces ahí, como unas cinco o seis veces, conocí el movimiento y recibí ahí mis primeros regaños como profesional— rememora Weeks acerca del viejo cine reconvertido en escenario del rock en 1990, de la mano del promotor cultural Rogelio Flores.
Antes de la mítica existencia del Centro Cultural Roxy, la ciudad tuvo espacios para los sonidos alternativos y para el desfogue de aquellos que querían escuchar música distinta a la que promovía Televisa en los programas Siempre en Domingo o Valores Juveniles, o las radios comerciales dominantes en los años setenta, ochenta y noventa.
Existía, por ejemplo, el Foro Jim Morrison, a cargo de las Bandas Unidas del Sector Hidalgo (BUSH), un movimiento cultural y colectivo juvenil emblemático de la Guadalajara de los ochenta.
“BUSH organizó diferentes foros, conciertos y reuniones que aglutinaron en los años ochenta a jóvenes pertenecientes a grupos de esquina en muchos de los barrios de la ciudad. […] En esa zona se encontraba el Morrison, un lote baldío que la organización había acondicionado para presentar conciertos, lecturas de poemas, presentaciones de revistas y fanzines”, narra Rogelio Marcial en el libro Andamos como andamos, porque somos como somos: Culturas juveniles en Guadalajara.
Otros lugares que improvisaban o se adaptaron al rock para pequeños públicos fueron el Salón Arlequín, la Peña Cuicacalli —con sus martes y domingos de rock—, La Peñita, el Centro Cultural La Puerta, o la Galería Magritte —del propio Flores—, y bares como el Starwood, la Cueva del Búfalo, el Pardiños y, más adelante, sitios como Le Dome, el Pixie, el Lado B, el Barzelona, DJ London, Ciro’s, La Zona, o el Barba Negra —que aún existe—.
Estuvieron también el Centro Cultural Rastafari, la Puerta 22, el Multiforo Las Biaz, los Meridiano 60 y 62, el Get Back Bar, Haus Der Kunst, el Jimmy’s, La Mutualista y el bar Calavera. Otros espacios que recibían conciertos con un mayor aforo fueron el Old Jack’s Studio, la Concha Acústica en el parque Agua Azul, la plaza de toros Nuevo Progreso y el auditorio Benito Juárez.
Todo esto está documentado en textos clave de la contracultura tapatía, como El rock tapatío. La historia por contar, y en crónicas de voces de la época como Alfredo Sánchez, Sara Valenzuela, Enrique Blanc o Rodolfo Che Bañuelos, por mencionar algunos.
“En Guadalajara no había foros, pero sí una banda que buscaba otras ofertas culturales; por eso, el Roxy fue visto como el proyecto al cual acompañar y subirse”, recuerda Bañuelos en El rock tapatío… “Cuando entrabas por primera vez te dabas cuenta del potencial de ese galerón, a pesar de estar en el abandono, de que aún estaban en el suelo algunas de sus deterioradas butacas originales”.

El Roxy era un viejo inmueble de fachada art déco que, por su antigüedad y por la falta de mantenimiento, enfrentó numerosos problemas que ocasionaron clausuras por parte de Protección Civil, aunque a decir de testigos de la época, también había cierta intención de censura por parte de las autoridades de aquel entonces, que usaban como pretexto para la suspensión las desvencijadas instalaciones del foro.
“Las autoridades nunca vieron al Roxy con mucha simpatía. […] Para algunos, era un centro de perdición, para otros un centro generador de cultura, un foro esencial para el rock en la ciudad, ya que se prestó para el lanzamiento de nuevos grupos”, menciona Bañuelos.
Hubo míticos recitales en el Roxy: ahí estuvieron Mano Negra, Todos tus Muertos, Maldita Vecindad, Café Tacvba, Santa Sabina, Ska-P y Caifanes, por decir algunos. Pero hubo uno que marcó el recinto: la banda británica Radiohead tocó el 22 de octubre de 1994, cuando promovía su álbum debut Pablo Honey (1993).
En 2021, el productor y músico Camilo Lara, quien acompañó a los ingleses en ese tour, contó para Vice en español que aquella gira por México fue caótica para la banda: tocaron en escenarios de baja calidad, los asaltaron y además tuvieron dos incidentes en la Perla Tapatía, primero cuando el avión que los llevaba a la ciudad sufrió una pérdida de presión y hubo que hacer un descenso de emergencia, y después cuando, ya en Guadalajara, la camioneta que los llevaba al Roxy perdió los frenos.1
“Yo nunca había visto el Roxy tan lleno. Me vino a la memoria la frase esta que decían: ‘El Roxy no aguanta un show más’. Yo nada más me imaginé: cuando toquen ‘Creep’ y empiecen a caer piedras y muramos todos […] Probablemente fue el show más brillante que he visto en mi vida, lo dieron todo”, recuerda Lara.
Al final, Rogelio Flores no pudo soportar tantas clausuras y el centro cerró sus puertas en 2005. Tras un intento de reapertura en 2011, el predio estuvo cerca de convertirse en un estacionamiento, pero de la mano del colectivo Taller México renació como Sala Roxy en 2019. En tiempos de gentrificación, las descascaradas y sucias paredes del Roxy mutaron en un pulcro espacio a cielo abierto (el techo no pudo salvarse), dedicado a la difusión del arte contemporáneo: un espacio minimalista, para tener catarsis sensoriales o sesiones de fotos aestethic para las secciones de sociales de los periódicos locales. El ánima áspera del rock habría de mudarse a otra parte.
Tal vez ese fantasma del pasado se pulverizó en distintos sitios, pero podríamos pensar que una parte de esa reminiscencia aterrizó en la vieja bodega ubicada a unos pasos de la calzada Independencia.
—No quería ser un nuevo Roxy, sino tener una propia identidad, pero sí sabía que Guadalajara necesitaba un lugar mediano, porque hay lugares muy grandes o chicos y no había uno mediano que cumpliera con buenos estándares de calidad para espectáculos—, asegura Weeks.
La escena local ha experimentado una mayor profesionalización en la organización de recitales en vivo, en parte por la llegada de recintos de gran envergadura como el auditorio Telmex o el Teatro Estudio Cavaret, de la mano de la Universidad de Guadalajara, o el ya desaparecido Hard Rock Live. Esto llevó a que espacios asociados con la escena más underground también quieran mejorar. Hacia allá busca dirigirse el Foro Independencia, pero para eso primero tenía que superar la mayor prueba de su corto andar.

Un virus silencia los amplificadores
El Foro Independencia estaba por cumplir seis años cuando, en marzo de 2020, el mundo entero bajó el telón a los espectáculos masivos en vivo. La pandemia por covid-19 fue la prueba más dura que el proyecto ha vivido hasta ahora.
“Estuvimos a nada de cerrar —dice Weeks—. El foro estaba agarrando un momento bien cabrón entonces. Y esto nos paró por siete meses”. Pero las desgracias no vienen solas. Apenas un mes después, sufrieron un robo cuantioso en equipo de sonido.
—Lo que hicimos para sobrevivir fue que mucho del equipo que salvamos y teníamos, lo empeñábamos. Pagábamos ciertas cosas y luego lo volvíamos a sacar y lo volvíamos a meter. Así estuvimos para poder solventar deudas.
Con todo y esto, del crew que el foro tenía, sólo una persona se fue, todos los demás se mantuvieron, algunos cobrando la mitad del salario, pues sin eventos no había ingresos. La reapertura llegó tras siete meses con eventos reducidos y controlados de 50 personas.
—Creo que ha sido la etapa más complicada. No veíamos por dónde, yo me tuve que salir de mi casa; imagínate tuve que regresarme, ya siendo tan adulto y con un hijo, a la casa de mi mamá, a vivir unos meses. Me puse a vender camarones junto a mi casa y eso nos ayudó a solventar.
Weeks reconoce que no ha sido sencillo convertirse en administrador de un foro de conciertos; tuvo que aprender cosas que desconocía por completo, sobre todo cuestiones de gestión, de liderazgo, de finanzas y contaduría, o de negociación y cotizaciones para concretar las visitas de muchas bandas.
Como paradoja de vida, su foro está casi enfrente del teatro Diana, un recinto de la UdeG para más de 2 mil personas. Con ellos ha logrado una coexistencia pacífica e incluso colaborativa, pues sus nichos son muy distintos.
—Con la UdeG es imposible competir, es un monstruo y ha hecho cosas increíbles, sus lugares son preciosos y hacen muy bien las cosas. Afortunadamente conozco a varios de ellos y a veces nos han ayudado cuando se nos atora algo. En este negocio se trata de hacer muchas relaciones, y llevarte bien con todos, porque al final todos trabajamos para la música y nos conocemos.

Si no te gusta lo que hago, andate
Hay cierto encanto nostálgico en ver a una banda que te hizo brincar, resistir y pensar en un mundo distinto cuando eras adolescente, y eso es algo que pasa con Todos tus Muertos (TTM). Sus seguidores son una bola de testarudos de mediana edad que disfrutan de su música como si fuera ayer.
La banda argentina sale al escenario con un día y una hora de retraso —al rock nadie le dice qué día y a qué hora tocar—. Su vocalista, Fidel Nadal, perdió el vuelo a Guadalajara un día antes, por lo que el evento se suspendió y sus seguidores hubieron de esperar 24 horas para verlos.
La noche está presta para el hardcore, el punk, el reggae y el raggamuffin, pero también para el slam —un poco menos impetuoso y duradero que con otras bandas, pero los cuarentones que raspan la suela esa noche aún saben lo que es entrar al ruedo—. Habrá gritos, sudor, cebada fermentada y viejas deudas saldadas por más de uno.
—Yo tenía entre 13 y 15 años cuando los conocí por medio de casetes. Ahora tengo 48. Nunca los había visto, me tocó que te quedas afuera porque no te alcanza para el boleto. Es una nostalgia chida, porque recuerdas esos momentos, fragmentos de tu vida, de lo que viviste en la juventud. Yo patinaba y escuchaba su música—, recuerda Víctor M., un artista urbano que acudió esa noche y quien se quedó en las puertas del mítico Roxy cuando los TTM tocaron ahí hace más de 25 años.
Hay gente con más suerte: Julio César Núñez, un artesano y músico de 45 años, pudo verlos a los 19 en el Roxy, una era en la que fue asiduo al foro en donde pudo ver a La Barranca, Caifanes, Therion o Lacrimosa. A los argentinos los sigue desde 1992:
—Lo poco que recuerdo estuvo muy chingón. Lo que me atrapó aparte del rock, lo pesado y la disidencia, fueron las letras, el despertar a la banda a nivel social. Yo no vivo de recuerdos, vivo el momento, pero hoy fue un gusto ver salir al pinche Fidel, entero, completo, brinque y brinque —dice Núñez.
Ataviado con un turbante naranja de mariposas y con ropa clara y holgada, Nadal se mueve por el escenario con gracia y soltura, como una especie de duende pacifista de ritmos antillanos que por momentos desata su cólera e incendia el lugar. El mensaje en su playera indica la ligereza y la sinceridad de las reglas con que la noche avanza: “No mentir, no fallar. Todo pasa”.
El cantante juega a despedirse en cada canción:
—Eso fue todo, muchas gracias. ¿Qué no están cansados?
Aun con esas ansias de escapar, la banda emite a la atmósfera algunos de sus temas más emblemáticos: la cadencia en “Mandela”, “Sé que no” y “Todo lo daría”; el gozo en “Andate” (un himno para los amores que no te aceptan como eres), “Hijo nuestro” o “No te la vas a acabar”; y la potencia desenfrenada en “Gente que no”, “Mate”, “Trece” y “Tu alma mía/Adelita”, con la cual se despidieron con otro intenso slam en el que se podían ver a lo lejos las rastas de Julio César saltar arriba y abajo al ritmo de la música:
—No puedo venir y quedarme parado, no soy tan fan del reggae, en general me gusta más el rock, pero estos güeyes combinan el sonido latinoamericano con el grunge y el nü-metal muy cabrón. A nivel Latinoamérica son los Rage Against The Machine.
Tras una feria de rebeldía añeja como la de esa noche, la memoria queda colgada, pero con una neblina de bienestar. Cuando se encienden las luces y el Foro Independencia comienza a vaciarse, queda la sensación de que faltó tiempo. Afuera, la vida urbana sigue su curso. Adentro, hay quienes por fin, tras más de 25 años, tacharon una banda pendiente de su lista y seguramente se van con algunas arrugas de menos.

Pasión y profesión
En CBGB, la película de Randall Miller acerca del mítico bar neoyorquino donde dieron sus primeros pasos Talking Heads, The Ramones, Iggy Pop, Patti Smith, Television, Blondie o The Police, el dueño del bar, Hilly Kristal (interpretado por Alan Rickman) es un idealista y pésimo administrador de la guarida que cimentó buena parte de la música punk rock de los años setenta y ochenta.
Prácticamente en bancarrota, Kristal ejemplifica a la perfección al mecenas que teje su vida alrededor de lo que le apasiona, sin importar que no haya para pagar las cuentas. Es el espíritu del punk o de la música de la calle en el que, como dice su personaje, “todo lo que tienes que saber es que es algo original”.
El aura del Foro Independencia tiene mucho que ver con ese pulso del do it yourself de la escena punk y del estilo CBGB. No obstante, hay una nueva idea en el aire: que lo original no está peleado con la calidad, ni tampoco con la necesaria supervivencia
—Traemos un espíritu medio punk, pero punk bien hecho, güey —comparte Weeks.
En cada concierto trabajan entre 12 y 13 personas, incluidos ingenieros de sonido, staff para los escenarios y camerinos, así como personal de servicios y de seguridad. Las cosas no siempre salen a la perfección; sin embargo, han logrado resultados que animan a que muchas bandas regresen para una segunda experiencia.
Un ingrediente esencial es ese aroma a libertad del que se han alejado muchos de los recintos para conciertos de la ciudad.
—Creo que somos un lugar muy amigable donde la gente se puede sentir libre. Aquí no te van a juzgar, aquí todas y todos son bienvenidos. Hay un chingo de respeto a lo que eres, a tu identidad. Somos muy humanos y no estamos jodiendo.
Eso se percibe a simple vista: al inmueble ingresa todo tipo de personas, de distintas subculturas urbanas, quienes se cruzan y conviven en un mismo ambiente. Incluso, las expresiones intensas no son reprimidas ni castigadas, pues se rigen conforme el concepto de que el espectáculo es el negocio de las emociones desbordadas y que ellos son un oasis en ese sentido.
—Sí ha habido dos o tres peleas, pero son de esas que duran 30 segundos. La misma gente las para. La gente cuida el lugar. Entienden que no hay sitios como estos en Guadalajara. Y que es mejor cuidarlos entre todos para que no desaparezcan. No es que el Foro Independencia sea el último de los mohicanos del underground tapatío; los fanáticos del rock deberían confiar en que no lo sea y aplaudir la existencia de otros espacios como el C3 y el C4 Stage e, incluso, reconocer a los cómodos y restrictivos foros universitarios, o los festivales en espacios abiertos. Pero es un hecho que, en ocasiones, se anhela un lugar con un halo distinto, lumpen y barrial, que celebre las diferencias, lo inesperado, que te deje usar tu máscara favorita y fingir un momento de realización personal a través de tu máxima pasión.
—Soy de los afortunados que pueden decir: “Yo vivo de la música” —celebra Weeks, convencido hoy de que su emprendimiento está ligado a aquello que le enciende el alma.
La música y la gestión cultural
La escena de la música alternativa en México lleva décadas construyéndose desde varias dimensiones. Arrancó desde la independencia, la contracultura, el “amateurismo” y la clandestinidad, y en algún momento se convirtió en un producto redituable, mainstream, profesionalizado y, más recientemente, nostálgico, lo que ha hecho que existan varios tipos de mercado, tanto de bandas consolidadas y masivas como de proyectos emergentes.
En este contexto, la gestión cultural como profesión tiene mucho que decir. Para Jaime Rubén López Pastrana, coordinador de la Licenciatura en Gestión Cultural del ITESO, no es suficiente con organizar un buen festival de música, sino que es necesario poner una mirada crítica a todas sus complejidades, considerando nuevas demandas sociales y rompiendo miradas hegemónicas.
—En México no hay una cultura, sino muchas culturas. Por ejemplo, es fundamental pensar que en los festivales no sólo se programe a hombres, que haya artistas mujeres, que tengan responsabilidad con el medio ambiente, que garanticen la inclusión de cualquier persona. Ya no es suficiente con decir: “Voy a armar un festival”; hay que tener en cuenta las necesidades de la diversidad de público que atendemos —señala.
Este es uno de los elementos que Weeks comparte como importante al armar la programación del Foro Independencia.
—Eso viene por contrato: tenemos cero tolerancia a la homofobia y al racismo. No permitimos bandas con mensajes de odio —explica.
Esta lógica implica saber en qué sector trabajan los gestores culturales, así como impulsar la profesionalización, pero también la especialización, además de reconocer los lenguajes específicos para trabajar en proyectos profundos y reflexivos.
—Hay que desromantizar la idea de la gestión cultural y entendernos como trabajadores de la cultura, lo que nos posiciona en un lugar mucho más ético y responsable —añade López Pastrana.
La Licenciatura en Gestión Cultural del ITESO, creada en 2010, atiende tres perfiles: gestores institucionales, agentes comunitarios y emprendedores culturales, y alienta un balance entre teoría y práctica.
Sus egresados se desempeñan en actividades tan diversas como la producción escénica, festivales de música, proyectos de literatura, turismo cultural y comunitario, managers de artistas, análisis de datos de museo o hasta gastronomía. Varios se han involucrado en proyectos locales, como la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, la Feria de la Música, el Festival Internacional de Cine de Guadalajara, el Festival Cultural de Mayo, las Fiestas de Octubre o el GDL Art Weekend.
Para saber más
:: foroindependencia.com.mx
:: Andamos como andamos, porque somos como somos: Culturas juveniles en Guadalajara, de Rogelio Marcial (El Colegio de Jalisco, 2006).
:: De memoria. Crónicas, de Alfredo Sánchez (Rayuela, 2013).
:: El rock tapatío. La historia por contar, de Rafael Valenzuela (Universidad de Guadalajara, 2004).
:: “El rol del rocanrol en Guadalajara”, de Julio Alberto Valtierra, en Música y danza urbanas (Secretaría de Cultura de Jalisco, 2005).










