Por: Adrián Acosta Silva
1 de junio de 2026.- ¿Qué significa hoy el término “democracia”? En una era donde el lenguaje político expresa lo que cada quien quiera que signifique, como afirma sin rubor y con sarcasmo Humpty Dumpty en Alicia en el País de las Maravillas, la palabra democracia se ha vaciado de significado.
En un mundo donde las guerras en Ucrania, la Franja de Gaza, Líbano o Irán, o las invasiones a Venezuela o las amenazas a Cuba se justifican en nombre de la democracia, la retórica pseudo-democrática esconde un lenguaje francamente autoritario, totalitario y neofascista.
En los mapas geopolíticos contemporáneos del mundo, Putin, Netanyahu, Trump, Milei, Bukele, Ortega, Erdogan, o Xi Jinping, personifican el resurgimiento estelar de los autoritarismos de izquierdas y derechas del siglo XXI.
La democracia como un sistema de equilibrios, de pesos y contrapesos, que se nutre del pluralismo y las libertades de expresión y manifestación, con principios y valores como la tolerancia, el respeto a las ideas de otros, la igualdad, la justicia y el imperio de la ley, tiene la apariencia de un edificio en estado de demolición.
Nuevos sistemas de creencias, mentalidades e ideologías han contribuido a generar prácticas que desdibujan el orden político democrático construido desde la segunda guerra mundial, y que se edificó sobre un mínimo de consensos normativos básicos en torno a los límites del poder y las reglas de la convivencia democrática.
La fiebre autoritaria configura una ola que conquista el poder bajo las reglas electorales formales de la competencia política, pero que una vez transformada en gobierno descalifica y niega a sus oposiciones y actúa como una fuerza política antisistema.
Nuevos medios y fines (invocaciones nacionalistas, instintos depredadores, neopopulismos, redes sociales, corrupción, demagogia) se alimentan de un electorado decepcionado, insatisfecho, enojado con las aburridas reglas democráticas y con los pobres resultados de las democracias en el bienestar y aspiraciones de muchos sectores políticamente dispuestos a aceptar las alternativas no democráticas. En esas circunstancias, el credo autoritario se impone al credo democrático.
El lenguaje de la violencia, las bombas, las amenazas y la intimidación se ha consolidado como el vocabulario dominante de la ola autoritaria. A su amparo se invocan paradójicamente valores como la libertad, la justicia, la prosperidad o la grandeza. Empresarios vueltos políticos se han adueñado de los escenarios internacionales y locales con el apoyo de ciudadanos hechizados con el espectáculo y la oposición férrea de ciudadanos horrorizados e indignados con los protagonistas y sus palabras y acciones.
Como en otras ocasiones y con otros actores, la democracia enfrenta tensiones y contradicciones que amenazan con su destrucción. La fragilidad democrática se acentúa en épocas de crisis ideológicas, culturales y económicas. Las creencias y certezas de que la democracia no es la mejor sino la menos mala de las formas de gobierno parece atrapada en los callejones sin salida del fanatismo y la estupidez humana. En esa ruta, la racionalidad democrática es una luz débil frente al gaslighting que parece dominar el espíritu de la época.









