Por: Juan Luis H. González S.
1 de abril de 2025.- Vivimos en un mundo y en un tiempo donde la existencia se ha vuelto imparable, un torrente que no hace ni permite pausas. Todo a nuestro alrededor ocurre a velocidades inhumanas: la información se debe devorar en segundos, las noticias nacen y mueren en un parpadeo, y nuestra memoria se licua en el vértigo de la inmediatez.
Hoy, el valor del mundo parece medirse en función de su rapidez, donde cualquier espera se vuelve intolerable, y la calma es vista, cada día más, como un lujo innecesario y prescindible.
Martin Heidegger nos advertía en El ser y el tiempo que la esencia de la modernidad radicaba en la aceleración. Y así fue.
En la prisa, el ser se ha diluido; se ha vuelto superficie, sin profundidad, sin raíz, incapaz de habitar el presente.
Esta tragedia, que ya algunos pensadores contemporáneos como Byung-Chul Han y Yuval Noah Harari han advertido, no solo ha colonizado la vida pública, donde el impacto sustituye a la reflexión y el eslogan al argumento, sino que también esta es la forma en la que transitamos nuestra vida privada.
Vivimos en función de la próxima notificación, del próximo video, del siguiente estímulo. Podemos saturarnos, pero no nos detenemos porque nos hemos vuelto adictos al movimiento, a la vibración constante, a la ilusión de que avanzar sin pausa es vivir más.
Lo que antes exigía paciencia hoy se consume en ráfagas. Un joven de quince años difícilmente pasará una hora con un libro de cuentos o una novela entre las manos. Es demasiado tiempo para una sola historia, cuando en ese mismo lapso puede ver y escuchar cuarenta o cien microhistorias en TikTok.
Así, la literatura, que alguna vez fue espacio de contemplación, se ha vuelto pesada, estorbosa, casi hostil. Ya no importa la narración ni su forma, sino el dato, el impacto, la información. Y no solo es la literatura; el cine, la música, incluso la conversación han sido arrastrados por esta lógica de lo fugaz. ¿Cuánto tiempo hace falta para contar algo, para explicar una idea? La respuesta parece ser: lo menos posible.
En la década de 1980, comencé mi vida de lector con Cortázar, Poncela, Wilde, García Márquez, Borges, Dickens, Vargas Llosa. Entonces, el tiempo de lo leído parecía que se correspondía con el tiempo de la vida. Los leía sin prisa, los habitaba renglón a renglón, los fraseaba en silencio solo por el gusto. Hoy, los tiempos han fragmentado todo, y la lectura representa un esfuerzo deliberado, una forma de defensa contra la dispersión. Leer es resistir la seducción del siguiente estímulo.
Y ojo, no se trata solo de un asunto de hábito, sino de una transformación profunda en nuestra relación con el tiempo y la atención. Leer un libro es, en muchos sentidos, un acto político, un gesto contra el ruido y la urgencia que nos rodea. Es detenerse cuando todo lo demás corre.
Aristóteles decía que el tiempo es la medida del cambio. Pero ¿qué ocurre cuando el cambio es tan veloz que nos impide comprenderlo? La historia de nuestros días se reduce a un archivo digital, el futuro a la promesa de un algoritmo más preciso y el presente… el presente es apenas una línea tenue que se nos escapa entre los dedos.
Decía el gran Pessoa: “Llevo en mí todos los sueños del mundo”. Pero los sueños de Fernando Pessoa requerían lentitud, ritmo, sombra, respiración. Hoy, los sueños son destellos que se apagan antes de tomar forma y parecen ser más efímeros que los pensamientos y las ideas.
Tal vez por eso el verdadero desafío que tenemos de frente sea reaprender la espera, recuperar el derecho a la pausa, a la contemplación. En la lentitud de una página, en el silencio de una idea que madura sin prisa, quizás —solo quizás— encontremos una forma de volver a ser más humanos y de revertir la velocidad que nos domina hoy en día y que, sin duda, nos llevará a alejarnos de nosotros mismos como reductos de inspiración, nostalgia y temporalidad.