Lector de oficio: Obliteración

(Las mujeres me explican cosas)

Por:  Carlos López de Alba

21 de julio de 2025.-Mis padres se conocieron cuando ella tenía 14 años de edad y trabajaba en Musical Lemus como asistente del dueño, mi papá tenía 28 y conducía un camión en el que transportaba carga por todo el país, durante meses llevaba y traía cosas de una ciudad a otra. Tras una década de novios se casaron. 

Mi mamá tiene un gusto por la música muy afinado: le gustan lo mismo el rock clásico y la ópera que Juan Gabriel y los Ángeles Azules. Siempre tuvimos tocadiscos y su acetato favorito era el Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band, “es inglés, me lo dio mi jefe”, decía. Por eso todavía me conmueve mucho escuchar A Day In The Life, me hace imaginarla cantando mientras limpiaba la casa. Porque cuando papá estaba presente se escuchaban corridos y pasodobles, y se callaban Los Beatles o cualquier otro género. “Siempre quise estudiar francés, aprender a tocar piano y viajar mucho, no ser maestra toda la vida”, me dijo hace poco mientras comíamos juntos.

Ella nunca tuvo otra pareja, otro novio, otra elección. Fue feliz, o supo ser feliz, supongo, a su lado, hasta que, tras siete años de padecimiento, él murió de leucemia poco después de pedirle perdón por no haberla dejado viajar sola, por exigirle cambiarse de trabajo cuando se casaron, por gastarse el dinero de la hipoteca hasta perder la primera casa que ella compró, por haberla hecho su enfermera día y noche mientras estuvo mal, y seguramente por muchas otras cosas que no me conciernen.

Por eso, cuando leí el texto de Rebecca Solnit (Los hombres me explican cosas, Capitan Swing, 2016), en particular el capítulo 5, “La abuela araña”, no dejó de sorprenderme el uso de “obliterada” y “obliteración”, que vienen de obliterar, que significa “anular, borrar o tachar una cosa” (RAE).

Así, dicho capítulo hace un recuento de las anulaciones que las mujeres han tenido a lo largo de la historia, desde la construcción social patrilineal que oculta legal y axiológicamente a la mujer, al negarle sus propios apellidos al casarse, al ser asesinadas por amantes, maridos, antiguas parejas que buscan la forma más extrema de contención, al ser veladas con burkas y mantos o al ser obligadas al confinamiento en casa sin pandemia de salud, pero sí una de tipo sociohistórica que las constriñe a la esfera doméstica de las tareas del hogar y la crianza de las y los niños, fuera de la vida pública e incapaces para la libre circulación.

El texto de Solnit no es triste ni agobiante, es reflexivo e inspirador porque también nos llama a consecuentar y respetar el empoderamiento femenino, que tanto bien nos ha hecho, porque nos recuerda que durante la dictadura argentina entre el 76 y el 83 fueron mujeres quienes decidieron salir a las calles a buscar a sus desaparecidos, quienes hicieron visibles a ellas en el intento de visibilizarlos a ellos.

Por eso también nos recuerda que fueron las mujeres quienes se reunían a tejer juntas para hablar de sí e hilvanar historias, por eso las arañas y sus telarañas son tan simbólicas en tantas culturas; por eso el texto de Rebecca nos invita tejer la red y no ser atrapado en ella, para crear el mundo, para crear tu propia vida, para “decidir tu destino, para nombrar a las abuelas así como a los padres, para dibujar redes y no solo líneas rectas, para ser una creadora así como deshacedora, ser capaz de cantar y no ser silenciada, retirar el velo y aparecer”.

Por eso siento que no bastará con llevar a mi mamá de viaje o comprarle un piano o clases de francés o pedir por Amazon esos acetatos que tanto escuchaba, eso sería un lindo gesto que ya no sé si me toca a mí; lo que sí requiero, lo que sí me toca, es aprender a escuchar, a no silenciar, a no permitir velos en las mujeres que se cruzan en mi vida. Y eso cambia todo, hasta el título del libro: Las mujeres me explican cosas.