Por: Adrián Acosta Silva
31 de julio de 2026.-“Rutinas: esas grandes desconocidas de la historia”, escribió hace tiempo el historiador francés Fernand Braudel (1902-1985). La frase alude a la importancia del estudio de las prácticas habituales, cotidianas, que realizan individuos, grupos y clases sociales para la comprensión de las estructuras y coyunturas de las vidas públicas y privadas en diferentes contextos históricos. La hechura de rutinas como mecanismo de estabilización del orden social que representan sus instituciones formales e informales, sus rupturas y cambios como parte de las adaptaciones prácticas de los individuos a entornos de incertidumbre y confusión que gobiernan el horizonte vital de hombres y mujeres de todos los tiempos.
Las rutinas no gozan de buena fama, pues suelen ser vistas como sinónimo de repetición y aburrimiento. Pero las rutinas reflejan el poder de las circunstancias. Obedecen a la importancia simbólica y práctica de imprimir sentido a lo que hacemos todos los días.
Por ello se vuelven parte de nuestra colección de trivialidades existenciales, usos y costumbres que se invisibilizan a través del tiempo, y su importancia sólo se aprecia en momentos críticos: un accidente, la muerte de un ser querido, una guerra, una enfermedad, una ruptura amorosa, crisis económicas o políticas que afectan las vidas de individuos y sociedades.
Sin embargo, el peso de las rutinas es distinto para hombres y mujeres, dependiendo del azar, el origen social o las circunstancias.
La división sexual del trabajo determina en buena medida el tipo de rutinas que realizan, y muestra las estructuras de la desigualdad social expresadas en prácticas individuales e imaginarios colectivos. Pero son las cosas que hacen todos los días las que determinan el peso específico de las desigualdades de género o de clase.
La historia del presente es una de las corrientes que se han desprendido del estudio de las rutinas en la estructuración del orden social. Las rutinas políticas, por ejemplo, descansan en una serie de supuestos éticos, normativos y prácticos que hacen posible la negociación de acuerdos y la solución más o menos pacífica de los conflictos, esos componentes básicos de las repúblicas mafiosas contemporáneas, democráticas o no.
Formar o afiliarse a un partido político, promover ciertas ideas e intereses, participar en procesos electorales, apoyar a un candidato, seguir a un líder, alcanzar un puesto público: actividades sujetas a rutinas y reglas de actuación estructuradas por creencias profundamente enraizadas en contextos sociales.
También existe su némesis: la indiferencia. Los casos más representativos son Ulrich, el personaje central de El hombre sin atributos, de Musil, o Bartleby, el personaje del relato de Melville. “Preferiría no hacerlo” como frase central de un manifiesto silencioso a la indiferencia, la forma más contundente de rebelión contra las rutinas, dicha con parsimonia, sin mayores explicaciones ni justificaciones, apartándose de la dictadura de las obligaciones rutinarias.
El minúsculo placer de imponer el logro racional sobre la lógica costumbrista, en una era en que activismos furiosos de distinta naturaleza y alcances exigen con energía compromisos morales a favor de cualquier causa imaginable.









