Por: Adrián Acosta Silva
5 de noviembre de 2026.-“Los llamados seres humanos, con escasas excepciones, no son otra cosa que sopas con arsénico”, escribió con sarcasmo afilado el filósofo de la misantropía Arthur Schopenhauer.
Crítico implacable de la fe y de la razón, el autor de la Metafísica de las costumbres reconocía el valor simbólico y práctico del insulto en la vida social, intelectual y política en todos los tiempos. La frase y sus numerosos aforismos parecen adecuados para enmarcar el lenguaje del poder de nuestra propia época, poblada de autócratas y farsantes, oligarcas y demagogos.
Lo que hoy brilla es la épica de los insultos. La manera en que las palabras, frases y oraciones refieren cosas, situaciones o ideas refleja con fidelidad lo que las élites políticas piensan de sí mismas o de sus adversarios. La retórica del poder es un instrumento para ganar o afirmar lealtades, para conseguir apoyos electorales, para cultivar identidades y denostar a otros. En la república del insulto, cautela y mesura son seres extraños.
Ese lenguaje incluye grandes promesas, promoción de ilusiones, horizontes de futuros alcanzables y perdurables. También contempla diagnósticos y pronósticos del mal y la cura, propuestas de prosperidad, bienestar y felicidad para quienes apoyen a los promotores de ocasión. Pero también incluye el uso sistemático del insulto como aceite que lubrica la maquinaria verbal de dirigentes y seguidores. En política, como en las tierras raras de la meta-política, la ofensa se convierte en un recurso de los impotentes y desesperados, a veces como una forma de arte, pero con frecuencia el insulto público es un recurso que funciona como guadaña, como cuchillo de carnicero.
En el transcurso del siglo XXI se observa un progresivo deterioro del lenguaje político, y del tipo de insultos que acumulan liderazgos notables que surgen por aquí y por allá, desde Trump, Putin y Netanyahu hasta Milei, De la Espriella, Maduro, Bolsonaro (padre e hijo), o nuestro López Obrador.
Combinan el empleo de insultos suaves con verbalizaciones groseras, la calumnia venenosa con la ironía burlona, el monólogo autoritario con la destrucción de cualquier tipo de diálogo inteligente.
Insultar es la última frontera del debate político: fija límites, establece diferencias, alimenta clientelas y simpatías políticas, ideológicas o emocionales. Pero los insultos bravucones soltados a diestra y siniestra para denigrar a otros suelen también efectos contraproducentes para los que insultan, más que para los insultados.
Llamar “estúpidos” o “repugnantes” a periodistas, “imbéciles” a los críticos, “cretinos” a opositores, “zurdos de mierda” a las fuerzas de izquierda, son solo parte de la poesía política que utilizan las elites en el poder que despachan en oficinas gubernamentales o en púlpitos de plazas públicas.
La conciencia moral de los insultadores políticos es una caja vacía, donde yacen los restos amontonados de sus propias convicciones y creencias ideológicas, gobernadas por una reducida colección de prejuicios, resentimientos, rencores y odios endurecidos por el tiempo y las circunstancias. Ver la manera en qué y cómo insultan hombres y mujeres en el poder revela el espíritu de los tiempos.











