26 de mayo de 2026.-Escribo mientras Gabriela Ortiz está lejos, en un viaje que se prolongará durante buena parte de marzo de 2026: Maryland, California, Ámsterdam, Londres, España. Veinticinco días de trabajo por sólo uno de descanso, entre reuniones, conciertos, ensayos, entrevistas de prensa, sesiones fotográficas y demás compromisos, con jet lags incluidos. A pesar de ello, generosamente accede a responderme un par de preguntas trasatlánticas con mensajes de voz. Su agenda ha estado llena, sobre todo después de la edición 68 de los Grammys, el pasado 1 de febrero en Los Ángeles, donde ganó tres premios: Mejor Composición Clásica Contemporánea por su concierto para chelo y orquesta Dzonot, Mejor Interpretación Coral para su obra Yanga (con la Filarmónica de Los Ángeles y Gustavo Dudamel en la dirección) y Mejor Compendio Clásico, también por Yanga. Ya el año anterior había ganado en los Latin Grammys, en la categoría de Mejor Composición Clásica Contemporánea, por su obra Revolución diamantina.
Al mirar el cúmulo de compromisos presentes y por venir, es difícil evitar la pregunta: ¿a qué hora compone? Sobre todo cuando echamos un vistazo a su extensísimo catálogo musical, donde encontramos piezas para instrumentos solistas, obras de cámara, piezas orquestales, óperas y música electroacústica. Y sí, al terminar el mes de marzo se encerrará en su estudio para componer y cumplir así con los numerosos compromisos y encargos que se avecinan por todas partes. La urgencia por trabajar tanto puede explicarse, acaso, al revisar un episodio: cuando escribía Yanga, en 2019, fue diagnosticada con cáncer de colon. En los años siguientes, que serían los de la pandemia, murieron su padre, su maestro Mario Lavista y su querida amiga, la directora venezolana Carmen Helena Téllez. Gabriela ha conseguido someter al cáncer gracias a la quimioterapia, pero todas esas señales de seguro le han mostrado la fragilidad de la vida y la necesidad de decir mucho cuanto antes, a pesar del escaso tiempo que le deja su intensa actividad.
Gabriela Ortiz Torres, con más de tres décadas como compositora, nació el 20 de diciembre de 1964 en Ciudad de México y creció en un entorno propicio: sus padres estuvieron cerca del origen de Los Folkloristas, agrupación vigente hasta el día de hoy y que desde los años setenta se ha distinguido por difundir la música popular de América Latina.

Rubén Ortiz Fernández, su padre, fue arquitecto y también un melómano. En la efervescencia revolucionaria de los años setenta compuso “Zamba del Ché”, una canción que popularizó el malogrado autor chileno Víctor Jara, asesinado por las huestes de Augusto Pinochet. Rubén viajó para estudiar un posgrado de arquitectura en París, donde conoció a la cantora chilena Violeta Parra y, para completar los exiguos ingresos de su beca, se vestía de charro para cantar sones jaliscienses en el Barrio Latino. Allá conoció también a la joven estudiante María Elena, quien habría de convertirse en la madre de Gabriela. Cuando regresó a México, se volvió asiduo del Chez Negro, restaurante de Salvador El Negro Ojeda, cantor veracruzano, y fue ahí donde surgió la idea para formar Los Folkloristas. La periodista Beatriz Salce cuenta que Rubén se dedicó a la arquitectura por recomendación de su abuelo: “¡Ay!, se sufre mucho, no se gana bien. Sé ingeniero, sé arquitecto, cualquier cosa, menos músico”. El joven Rubén, si bien siguió siendo melómano toda la vida, le hizo caso al abuelo. Los logros recientes de su hija Gabriela desmienten el pesimismo de aquel antepasado.
La madre, María Elena Torres Alcarás, también fue parte de Los Folkloristas en su origen. Era pianista no profesional, así como psicoanalista, y le inculcó a Gabriela el gusto por los clásicos. En un entorno como ese, la vocación se aclaró pronto. Gabriela Ortiz suele decir que ella no eligió a la música, sino que la música la escogió a ella.
Su primer esposo también es músico: el percusionista Ricardo Gallardo, fundador de Tambuco, destacada agrupación de percusionistas que en sus inicios ensayaban en la casa de Rubén Ortiz, por lo que Gabriela estuvo en contacto estrecho con el mundo de las percusiones. Con él tiene una hija, Elena, quien no siguió la senda musical, sino que prefirió titularse en Relaciones Internacionales y estudiar una maestría en Diseño Urbano y Ciencias Sociales en la London School of Economics.
Su esposo actual es el flautista mexicano Alejandro Escuer, con quien también ha desarrollado varios proyectos musicales.
La primaria la hizo en la escuela Bartolomé Cosío —La Bartolomé, como se le conoce—, fundada por refugiados españoles, donde también estudió en su niñez la presidenta Claudia Sheinbaum. Ahí impartía clases el compositor y pedagogo Mario Stern, quien sembró una precoz semilla en la niña Ortiz. A principios de los años ochenta viajó a París para estudiar música, pero tuvo que regresar de modo abrupto para donarle un riñón a su madre, quien por desgracia murió apenas dos años después del procedimiento. En México, Gabriela Ortiz entró al taller de Mario Lavista, ingresó a la Escuela de Música de la UNAM y luego se marchó a Londres para hacer un doctorado en música electroacústica en The Guildhall School for Music and Drama. Ya doctora, regresó a México en 1995.

La importancia de comunicar
La compositora ha recibido los reconocimientos más importantes que se otorgan en México: el Premio Nacional de Artes o la Medalla de Bellas Artes. En 2022 fue nombrada miembro de El Colegio Nacional y así se convirtió en la primera mujer en él área de la música con esa distinción. En su discurso de ingreso dijo: “¿Cómo puedo contribuir desde mi trabajo creativo a generar cambios en los temas que me son significativos?”. Y se respondió: “No siguiendo los dictados de una estética impuesta desde fuera, sino siendo fiel a lo que me dicta mi ser latinoamericano y mexicano”.
Y afirma en uno de sus mensajes de voz, contundente, que en su trabajo le importa el resultado y no la metodología para llegar a ello: “La comunicación con el escucha y el intérprete para mí siempre ha sido importante. Sin ello, el trabajo de un compositor no se cumple. Primero hay que tener una idea y la necesidad de comunicarla, y después plasmar esa necesidad en una partitura que refleje esa idea lo mejor posible. Luego está el acto de comunicación. Yo escribo para que alguien escuche y perciba el mensaje a través de la emoción y los sentidos”.
¿Qué tanto le importa a Gabriela la opinión de sus pares?
“La música no es solamente un pensamiento que se racionaliza. Muchos compositores han abusado de una racionalidad excesiva y componen para otros compositores, para que su obra pueda ser explicada de una manera racional; componen para la academia, pero no necesariamente están preocupados porque ese mensaje se perciba por el escucha”.
Su visión al respecto contrasta notablemente con la de su maestro Lavista, quien rechazaba la literalidad que ella, en su eclecticismo, abraza. Por ejemplo, en las citas textuales de cumbias o corridos, o en la textualidad de las consignas gritadas por el coro en Revolución diamantina: “Ni una más”, “Mi cuerpo no se toca”; o en su obra Antropolis, donde hasta el famoso grito de Pérez Prado se reproduce.

Enumero los más notables reconocimientos internacionales que Gabriela Ortiz ha recibido: primera mexicana designada compositora residente del Carnegie Hall (antes de ella, sólo dos latinoamericanos lo habían conseguido: el argentino Osvaldo Golijov y la cubano-estadounidense Tania León); primera mujer latinoamericana cuya obra ha interpretado la Filarmónica de Berlín en sus 141 años de historia: Téenek– Invenciones de territorio, con la dirección de Gustavo Dudamel, en 2017; compositora residente de la británica Philharmonia Orchestra, para la cual escribió Si el oxígeno fuera verde, estrenada en 2025 en el Concertgebouw de Ámsterdam.
Los encargos que diversos festivales e instituciones internacionales le han hecho también abundan; baste mencionar los solicitados por la Orquesta Filarmónica de Los Ángeles, el Festival Internacional Cervantino, la South West Chamber Music, el Kronos Quartet, el Cuarteto Latinoamericano, además de reconocidos solistas y directores como Dawn Upshaw, Sarah Leonard, Esa-Pekka Salonen, Carlos Miguel Prieto, Zoltán Kocsis y Filippo Latanzi, entre muchos otros. También es justo mencionar la estrecha y exitosa colaboración que ha mantenido con el director venezolano Gustavo Dudamel, con quien ha desarrollado una cercanía profesional y personal, acaso por el ingrediente en común de su latinoamericanismo. (Dudamel, otra gran estrella actual de la música de concierto, partirá en breve a la dirección de la afamada Filarmónica de Nueva York, luego de su destacada labor en la Filarmónica de Los Ángeles).
Gabriela ha tenido también la fortuna de que buena parte de su obra haya sido grabada. En su página web (gabrielaortiz.com) aparece solamente una parte de su discografía, pero un repaso a las plataformas para escuchar música en streaming nos amplía notablemente el panorama: son más de 20 álbumes con su música en distintos formatos, interpretada por agrupaciones y solistas tanto mexicanos como extranjeros.

“El arte puede transformar vidas”
¿Cuáles son esos temas que le resultan significativos a Gabriela Ortiz y que la obligan a plantear en un lenguaje musical posturas personales y compromisos con causas específicas?
“Hay temas que me involucran como ser humano y me importa hablar de ellos, por ejemplo, los feminicidios en México, que abordé en Río Bravo, un fuerte poema de Mónica Sánchez Escuer sobre los asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez, para el que yo escribí la música. También he trabajado el tema de la frontera con otra obra para percusión, Liquid Borders. Mi obra Revolución diamantina también tiene que ver con la violencia contra la mujer y es un ballet, que trabajé con la escritora Cristina Rivera Garza, que parte de un suceso real ocurrido en México en 2019 (la marcha que protestaba contra la presunta violación de una menor de edad por cuatro policías y en la que se lanzó purpurina sobre guardias y monumentos históricos). O Yanga, sobre un personaje histórico que llegó de África como esclavo en 1575 y después se emancipó, logró negociar con la Corona española y fundó el primer pueblo libre de América en 1612: San Lorenzo de los Negros, que ahora se llama Yanga, en su honor.
“Fue un proyecto que hice con Gustavo Dudamel, quien me pidió una obra para que se tocara junto a la Novena Sinfonía de Beethoven; en la historia de Yanga también están las ideas de libertad y fraternidad presentes en la Novena, pero yo las abordé de manera distinta, con un concepto latinoamericano y con esa tercera raíz que es la africana. Después escribí el concierto para chelo Dzonot cuando vi un documental sobre los cenotes en la península de Yucatán, su importancia y el peligro que hay sobre especies en extinción”.
También está su obra Si el oxígeno fuera verde, dedicada al compositor de música electrónica Jorge Verdín, fundador de Nortec Collective y quien usaba el nombre artístico Clorofila: en ella se reinventa y florece de manera diversa y sostenible, y nos recuerda que cada uno de los seres humanos tenemos la responsabilidad de construir el camino hacia un futuro más equilibrado y armonioso con el medio ambiente.
“Para mí es importante hablar de esos temas porque no los puedo normalizar. Sin embargo, hablo de ellos desde el arte y la música, desde los sentidos y la emoción. El arte tiene la capacidad de sublimar esos contenidos para que lleguen de otra manera, y creo que eso puede transformar la vida de otras personas. El arte puede transformar vidas, la música a mí me ha transformado y es un motor de vida”.
Pero quien crea que todo ha sido solemnidad, se equivoca: en la obra de Gabriela Ortiz no falta el humor. “La música también es para tener sentido del humor. Por ejemplo, mi video ópera Únicamente la verdad o La verdadera historia de Camelia la Texana, basada en la historia que se relata en aquel famoso corrido de Los Tigres del Norte, ‘Contrabando y traición’, es una obra delirante porque la idea en sí lo es. Lo que nos encontramos mi hermano Rubén Ortiz —artista visual radicado en California— y yo al realizarla fue tan loco que resultó esta obra absurda, cómica, surrealista, que acabó siendo una especie de cabaret norteño, pero también con una idea conceptual que refleja esta suerte de posmodernidad y contradicción en que vivimos en México y que se ha plasmado en mi trabajo”.

En los títulos de otras piezas también encontramos un humor peculiar: Atlas-Pumas (una especie de partido musical para marimba y violín), Concierto Candela (obra para marimba y orquesta), Puzzle Tocas (pieza para quinteto de alientos), Magna Sin (escrita para la dotación inusual de steel drum y cinta pregrabada); 5 pa 2 (cinco piezas para dos ejecutantes, guitarra y flauta), Tin Tan Fanfarria y Mambo (para trompeta), Estudio Tongolele (para sax alto).
Y hay que mencionar que, hace años, Gabriela tuvo un show cabaretero, En busca del mambo perdido, en aquel célebre bar capitalino regenteado por el poeta Alejandro Aura, El Hijo del Cuervo, donde la cultura y los ritmos populares eran el centro: “El ritmo es parte de nuestra sangre latinoamericana, por eso me interesa tanto en mi música. La polirritmia y los cambios de compases son cosas naturales para mí”.
Aquí otras de sus obras importantes:
Altar de piedra, para orquesta y percusión, obra inspirada en el libro Los pasos perdidos, de Alejo Carpentier, y que estrenó la orquesta de Los Ángeles bajo la batuta de Esa-Pekka Salonen, en 2003.
Altar de muertos, para cuarteto de cuerdas e instrumentos prehispánicos, donde reflexiona sobre la vida y la muerte.
Luciérnaga, ópera en un acto con libreto de Silvia Peláez, para soprano, actor y ensamble amplificado, inspirada en el conflicto estudiantil de 1968, donde se narra metafóricamente el encierro de la poeta Alcira Soust Scaffo durante la ocupación militar de la UNAM.
Ana y su sombra, ópera de cámara para niños, con libreto de Mónica Sánchez Escuer, acerca de una niña mexicana que extraña su hogar tras mudarse a Estados Unidos.
Antropolis, para timbales, cinco percusionistas y orquesta, compuesta en 2019 para los 80 años del compositor Phillip Glass y que es un homenaje a los clásicos salones de baile de Ciudad de México.
Río de las mariposas, un diálogo inusual entre arpas y steel drum, con inspiración en los sones veracruzanos y dedicatoria al Papaloapan.
Por todo lo escrito, es indiscutible que Gabriela Ortiz es la compositora mexicana más exitosa en un contexto que tradicionalmente ha sido dominado por hombres europeos o norteamericanos. ¿Se trata de un caso aislado? En cierto modo, sí: las mujeres han tenido que ir a contracorriente para encontrar el justo reconocimiento en el terreno de la música “seria, contemporánea, de concierto”, o como quiera denominársele. También es cierto que es una tendencia que se revierte cada día. Quizás el ejemplo de Gabriela Ortiz pueda abrir un camino de mayor reconocimiento para otras compositoras, si bien ella, en entrevista con el suplemento mexicano Confabulario, afirmó: “Es tan malo que me excluyan por ser mujer, latinoamericana y mexicana, como que me incluyan sólo por esto”. La compositora se niega, pues, a ser solamente una cuota para la estadística.











