Por: Iván González Vega / Magis Revista
De qué tamaño es una ballena azul? ¿Cómo luce el ave que más se parece a los dinosaurios? ¿Muerden las mantis religiosas? Hoy cualquier niño puede obtener respuestas a estas preguntas si las teclea en su celular, y la inteligencia artificial además le dará vínculos a videos y publicaciones confiables y, quizás, a contenido basura que le hará creerse alguna falsedad. Antes de este tiempo saturado de información teníamos no sólo una fuente confiable, sino la voz amable e indudablemente británica de David Attenborough, un señor que se acercó a los animales para documentar sus vidas y asombrarnos con ellas. Sir David sigue activo y acaba de cumplir 100 años de edad, el 8 de mayo pasado, para deleite de los fanáticos de la divulgación científica.
El singular cumpleaños (menos de 0.01 de la humanidad llega al siglo de vida) fue celebrado en el mundo y en el Reino Unido, en donde sir David es indiscutida celebridad nacional. Como también es un héroe de los medios de comunicación —y una especie de abuelito adorado por medio internet—, no fue extraño que la celebración incluyera un video humorístico protagonizado por el rey Carlos III de Inglaterra, quien emitió una orden real para que los animales silvestres de la nación se unieran a la fiesta. Hubo una ceremonia en el Royal Albert Hall de Londres y el Museo de Historia Natural participó del reconocimiento público. Todo lo transmitió la BBC, la cadena británica a cuyo prestigio sir David contribuyó durante siete decenios. Y el lema oficial fue “100 años en el planeta Tierra”, en inglés “on planet Earth”, preposición que puede aludir no sólo a su longevidad, sino, de hecho, a su capacidad de explicarnos el mundo en el que vivimos.
Sir David exhibió salud y lucidez envidiables en la celebración de sus contribuciones como científico y comunicador, cuyo asombro por la naturaleza incluye la demanda de que aceptemos su crisis, de la cual nuestra especie es responsable: el cambio climático y la extinción masiva de especies animales han sido preocupaciones centrales de Attenborough en su trabajo en lo que va de este siglo. De forma que su voz no únicamente nos ha contado con dramatismo o candor los entretelones del mundo animal, sino que también resuena, con su correctísima dicción, para advertirnos de que aún podemos cambiar de rumbo en el cuidado de nuestra casa común.

Ámbar, gorilas y la televisión
En sus versiones más populares de internet, la voz de sir David tiene la textura de alguien anciano y sabio, un abuelo simpático que se divierte mientras narra las vidas de insectos y ballenas. Por supuesto, sonaba un poco distinta cuando empezó su trabajo, en los ya lejanos años cincuenta del siglo pasado.
Attenborough nació en Londres el 8 de mayo de 1926 en una familia acomodada, encabezada por un académico que dirigió el College House de la Universidad de Leicester; él y sus hermanos —dos varones, más dos jóvenes judías, adoptadas en la Segunda Guerra Mundial— crecieron en ese campus. Se casó en 1950; su esposa Jane Elizabeth Ebsworth Oriel (1926-1997), dedicada a la filantropía, así como sus dos hijos, se mantuvieron siempre lejos de la fama.
La ciencia apareció muy temprano en su vida; estudió Ciencias Naturales en la Universidad de Cambridge y poco a poco fue confirmando su vocación como naturalista, que está enmarcada en numerosas anécdotas de consistencia simbólica. Quien vio Jurassic Park en 1993 asociará dos datos: uno es que, de niño, una de sus hermanas le regaló un pedazo de ámbar en el que quedaron atrapados insectos fósiles; la pieza apareció en el programa “The Amber Time Machine”, de la serie Natural World, que sir David presentó en 2004. Otro es que su hermano mayor, Richard Attenborough (1923-2014), fue un respetado director de cine, ganador del Oscar por Gandhi (1984) y bien conocido gracias a aquella cinta sobre dinosaurios, pues interpretó a John Hammond, inventor del trágico parque que, según la cinta, fue posible gracias al aDN de dinosaurio dentro de ámbar fosilizado.
Su gran salto profesional ocurrió más bien en el entorno de la comunicación masiva. Empezó a trabajar en la BBC en 1952 y un par de años después era el presentador de una serie llamada Zoo Quest, durante la cual participaba en expediciones para capturar animales vivos en África y Asia y llevarlos al Zoológico de Londres.
Hoy podrían criticarse los métodos de este equipo de biólogos, pero el hecho es que Zoo Quest (1952-1963) fue la base para una larga carrera de Attenborough en la televisión y como naturalista: le permitió cultivar su pasión, lo hizo viajar por todo el mundo y le dio una inesperada popularidad. Aunque parece otro Attenborough, distinto del sabio señor de edad al que conocemos hoy: un joven británico sin barba, demasiado bien vestido para internarse en la selva o asomarse al océano, de voz y dicción más apresuradas.
El programa también lo puso en el centro de algunos hitos de la divulgación científica de aquel tiempo: su primer documental breve reseñó el sensacional hallazgo del celacanto, un pez al que se creyó extinto desde la prehistoria, pero que fue capturado de nuevo en 1938. De Zoo Quest también es conocido el relato de cómo se ganó la confianza de un orangután, al que su equipo capturó para trasladarlo a Londres. Al tiempo condujo un breve show de trivias llamado ¿Animal, vegetal o mineral?

Todo eso, a lo largo de sus años veinte. Antes de cumplir los 30 años de edad se fue a dirigir el recién inaugurado BBC 2, segundo canal de la corporación pública británica, dedicado a contenidos “alternativos”, como arte, viajes, humor y ciencia; allí participó de decisiones que serían muy influyentes para el género documental y los medios audiovisuales en su país, como el desarrollo del Flying Circus de los cómicos Monty Python o la serie Civilisation sobre historia del arte, además de The Ascent of Man (1973), ideada y conducida por el filósofo Jacob Bronowski. Pese a este éxito como directivo en la tele, decidió regresar en los años setenta a los animales.
Así, presentó en 1973 la serie Al Este con Attenborough, acerca de la flora, la fauna y las comunidades humanas del sudeste de Asia y, particularmente, de Indonesia, y desde entonces no paró de producir documentales sobre la naturaleza. En 1979 estrenó la histórica Life on Earth, una serie de documentales gestada junto con las productoras Warner Bros y Reiner Mortiz, y que daría pie a la saga Life, de programas extendidos en las siguientes décadas.
Conocida en español como La vida en la Tierra, la serie es importante no solamente porque la vieron más de 500 millones de personas en los televisores del planeta, sino porque consolidó el formato que varios divulgadores cultivaron en esos decenios, con una sofisticación narrativa basada en la pacientísima “cacería” de imágenes reales de la vida animal. Son célebres las historias acerca de cómo los camarógrafos de Attenborough inventaron todo tipo de trucos para filmar animales bajo tierra, en los árboles o en pleno vuelo.
La edición de los 13 capítulos de aquella serie era también un logro: la voz de sir David iba narrando escenas separadas protagonizadas por diferentes especies, como si la cámara simplemente se hubiera trasladado a otro ecosistema interesante, aunque en realidad se habían filmado a lo largo de varios meses de producción en sitios a miles de kilómetros entre sí. Hubo más de 100 locaciones y tomó casi cuatro años, además de que convocó a cientos de científicos como asesores.
Las imágenes de La vida en la Tierra forman parte de la videoteca personal de mucha gente que vio televisión al final del siglo XX, cuando no había internet y esos documentales se subtitulaban o doblaban a cualquier idioma; como además han sido editados en DVD, y hay clips numerosos en YouTube, aún inspiran la cultura de la televisión en inglés. Attenborough comienza en las Islas Galápagos, donde saluda a ejemplares de tortuga tan longevos que conocieron a Charles Darwin, y luego construye un relato con especies diferentes que le permite narrar cómo ha evolucionado la vida en la Tierra. El capítulo número 13 está dedicado a los seres humanos, pero en el 12 revisa la genealogía de los primates, y ese capítulo incluye un famoso episodio que retrató a sir David no sólo como un respetado naturalista, sino, de hecho, como un tipo afable, alegre y siempre jovial.
Ocurre en medio de un grupo de gorilas de montaña en un santuario de Ruanda. Sir David pretende ilustrar el tema de la evolución del pulgar oponible, pero, mientras se acerca a gatas a estos gigantes, termina en medio de algunas hembras y sus crías, que no por pequeñas son poco poderosas. Los animales se le trepan, intentan quitarle un zapato, lo integran a su rato de juegos. El hombre, nervioso pero feliz, pasa un rato hablándole a la cámara con voz baja, y explica cuánto le asombra que la gente considere a los gorilas “un símbolo de lo agresivo y lo violento, cuando no lo son, y nosotros sí”. Argumenta, entonces, que lo mejor de encontrarnos con los animales es compararnos humildemente con ellos, como en el caso de estos primos tan cercanos: “Su vista, su oído, su olfato son tan parecidos a los nuestros que vemos el mundo de la misma manera”.

El poder de cambiar las cosas
Attenborough produjo y narró más de 100 documentales (hay una lista en Wikipedia), entre las piezas breves de Zoo Quest, las series largas de Life y varios otros proyectos, y una enorme mayoría al amparo de la BBC. En las siguientes décadas, su estilo permitiría documentar todo tipo de formas de vida e innovar con formatos narrativos; de hecho es considerado responsable de una parte del prestigio del documental y de su popularidad a finales del siglo pasado.
Él, por su cuenta, envejeció ante las cámaras como una celebridad, mientras iba detrás de peces, aves, reptiles, gusanos, ratones o enormes felinos. Fue la voz en off de un hormiguero que resolvía la falta de alimento, la búsqueda del asesino de un canguro o el encuentro con las últimas hembras de una especie de rinoceronte. Con su voz al frente de la narración, es mucho más épica una expedición al océano profundo en busca del calamar gigante, una especie que no fue grabada sino hasta 2012 por primera vez. Hay una rutina de standup que lo dice con toda claridad: sir David inventó a los animales.
Así que nos ha dado drama y emoción, autoridad y confianza, y un inagotable buen humor juvenil que se equilibra con la decisión de no esconder la violencia propia de un mundo repartido entre presas y depredadores. La gente adora todo eso. Uno busca videos sobre él en YouTube y encuentra, en los comentarios, cualquier cantidad de usuarios que lo postulan para embajador del planeta en el caso de un encuentro con extraterrestres. Más oficialmente, ha sido responsable de las primeras imágenes grabadas de decenas de especies animales, y unas 50 fueron bautizadas en su honor. Es dos veces caballero de la Corona inglesa: lo honraron Isabel II en 1985 y su hijo, Carlos III, en 2022.

En el camino, su voz, poco a poco, comenzó a reflexionar sobre la innegable crisis ambiental. La extinción de especies animales, denunciada por la comunidad científica a lo largo del siglo XX, finalmente apareció de forma explícita en sus programas hasta convertirse en su enfoque principal. Con toda claridad, y conforme la calidad técnica de sus producciones sufría una impresionante transformación, sir David comenzó a colocar ante la cámara reflexiones tan amables como él. Durante algún tiempo fue viral su mensaje en el cierre de Blue Planet II, serie de 2017: “Nunca habíamos tenido tanta conciencia de lo que estamos haciéndole al planeta, y nunca habíamos tenido el poder para hacer algo al respecto”.
Su discurso es un reclamo, pero también una apuesta por una esperanza urgente; en programas como Una vida en nuestro planeta, que Netflix le dedicó en 2020, ofrece su testimonio científico y personal sobre el calentamiento global y postula que estamos a las puertas de la ruina —de hecho, especula con una ruta del desastre próximo—, pero a tiempo para corregir el rumbo, a partir de ejemplos como la apuesta holandesa por dietas con menos consumo de carne o las regulaciones que contienen la sobreexplotación pesquera en el Pacífico Sur.
Conforme el siglo XXI avanza y una tribu de políticos y millonarios niega el cambio climático para encantar a las masas, voces como la de sir David Attenborough presentan con mesura y seriedad un llamado a la razón que, sin embargo, prescinde de argumentos políticos o financieros. Lo que un naturalista como él ofrece es la experiencia de haber estado frente a las evidencias: enamorado del océano durante su vejez, sir David ha postulado la curiosidad de que hayamos explorado más la Luna que los mares, cuya vida ya se alteró de forma irremediable. Si hace 70 años revelaba el misterioso hábitat de leones y gacelas, que hoy nos parece tan familiar, hoy nos pide que miremos el cementerio en donde antes hubo arrecifes de coral.
Su obra como divulgador, pues, sigue en expansión. Como otros científicos, pero no todos, ha postulado que estamos de hecho en la sexta extinción masiva de la historia de la Tierra: las otras cinco cerraron ciclos milenarios de cambios geológicos, pero esta es obra de dos breves siglos de acción humana. “La pregunta es: ¿estamos felices de suponer que nuestros nietos quizá no verán nunca un elefante, como no sea en un libro?”.

En un mensaje para su Universidad de Cambridge, en el año 2020, sir David hacía gala de su amable voz para dibujar la gravedad de los hechos innegables que documentan la crisis climática, pero también la invitación a trabajar en su solución. “Nuestro planeta está en juego”, dijo en esa ocasión. “La única forma de actuar es creer que podemos hacer algo al respecto, y de verdad creo que podemos”. De los mismos días es un discurso sobre la serie Our Planet, de Netflix, a la que también prestó voz, y en donde postula su síntesis del asunto: “La naturaleza solía determinar cómo sobreviviríamos nosotros; hoy nosotros determinamos cómo sobrevive la naturaleza”.
Hoy cualquier niño podría poner play a un clip de video en el que sir David le cuente sobre ese desafío. A lo mejor su famosa voz obra un hechizo de curiosidad, sed de saber más, y con mejores fuentes de información. Y con suerte las nuevas generaciones también se dejarán encantar por su narración: es como si, en su compañía, hubiéramos descubierto apenas la inmensidad del planeta, aunque él sea tan sólo un heredero de la tradición de Alexander von Humboldt, Alfred Russell Wallace o Maria Sibylla Merian. El mundo fue siempre del mismo tamaño, pero hacía falta que personajes como él nos lo contaran.
Sir Meme
David Attenborough coincidió en la divulgación científica por televisión con brillantes personajes del siglo XX como Jacques Cousteau y Carl Sagan, pero además ha tenido 100 años para explotar su carisma y su disposición para el humor. Es capaz de aparecer en un programa entre estrellas de Hollywood para hablar de cómo lo atacó un rinoceronte, o de hacer un relato en broma del video “Hello” de Adele, además de que sabe imitar el aullido de los lobos.
Todo muy divertido, pero ni siquiera él supera el ingenio de los usuarios de la internet, que lo han convertido en meme inagotable, como la vida salvaje de una tienda de artículos para construcción, el drama de un maestro al final del año escolar o un audio original que permite presentar a tu marido en TikTok. Eso sí: el canal Spitting Image se ha burlado muchas veces de que sir David no sabe usar Instagram.










