Por: Gino Jafet Quintero Venegas / Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM
15 de abril de 2026.-Hay algo profundamente tranquilizador en matar en nombre de la vida. Produce una sensación de orden, de limpieza moral, de estar —por fin— del lado correcto de la historia. La escena es conocida: un Estado responsable, respaldado por expertos, toma una decisión difícil pero necesaria. Hay que sacrificar hipopótamos en Colombia. El discurso es que no es crueldad, es conservación. Que no es violencia, sino gestión. Que no es asesinato, sino política pública. Y así, con una inyección, o un dardo, según el protocolo, la ética queda saldada. Porque si algo sabemos hacer bien como especie es resolver problemas complejos con soluciones simples: eliminando individuos.
La reciente decisión de sacrificar decenas de hipopótamos en Colombia —descendientes de aquellos animales traídos por el delirio narco de los años ochenta— ha reactivado un debate que, en realidad, nunca ha dejado de ser incómodo: ¿qué vidas merecen ser vividas y cuáles deben ser eliminadas para sostener un orden ecológico, económico y político? Según reportes periodísticos, la medida fue justificada por el crecimiento poblacional de estos animales, su impacto en ecosistemas y los riesgos para comunidades humanas, pese a la existencia de alternativas como la reubicación internacional .
Pero lo verdaderamente interesante no es la decisión en sí, sino el marco conceptual que la hace parecer razonable.
Necropolítica ambiental: matar para conservar.
Achille Mbembe (2011) definió la necropolítica como la capacidad de decidir quién debe vivir y quién debe morir, trasladando el poder soberano al terreno de la administración de la muerte. En este sentido, la política contemporánea ya no se limita a gestionar la vida (biopolítica), sino que organiza activamente la muerte como tecnología de gobierno.
Lo fascinante —y profundamente perturbador— es observar cómo esta lógica se ha infiltrado en el discurso ambiental. La conservación, tradicionalmente asociada con la protección de la vida, se convierte en un dispositivo tanatopolítico: una maquinaria que decide qué formas de vida son sacrificables para preservar un ideal de naturaleza.
La pregunta no es nueva, pero sí persistentemente ignorada: ¿por qué la solución a la crisis ecológica parece pasar, una y otra vez, por la eliminación de cuerpos y de individuos? En el caso de los hipopótamos, la respuesta oficial es casi pedagógica: son una especie “invasora”. No pertenecen. Alteran. Exceden. Amenazan. Y, por tanto, deben ser controlados. Es decir, eliminados.
Nada demasiado distinto de otros discursos históricos, por cierto.
Bioxenofobia y ecofascimo en las políticas ambientales.
El concepto de bioxenofobia resulta particularmente útil para entender este fenómeno. Según Juliana Barberi y Camilo Jaramillo (2025), se trata de una forma de discriminación basada en la supuesta no pertenencia de ciertas especies a un territorio, que justifica su exclusión o exterminio en nombre de la conservación. La analogía con la xenofobia humana no es casual ni exagerada. En ambos casos, se construye un “otro” peligroso, invasor, disruptivo. Se exageran sus impactos, se simplifican sus relaciones ecológicas y se legitima la violencia como solución. El lenguaje es revelador: invasión, control, erradicación.
Y como todo buen discurso de odio, se sostiene en una mezcla de datos parciales, metáforas militaristas y una profunda ansiedad por la pureza. Porque eso es lo que realmente está en juego: la fantasía de una naturaleza pura.
La idea de que existe un estado original, equilibrado y “correcto” de los ecosistemas es, en el mejor de los casos, una simplificación útil. En el peor, una ficción peligrosa. Como señalan Barberi y Jaramillo, los ecosistemas son dinámicos, híbridos, históricamente cambiantes, y el movimiento de especies ha sido la norma, no la excepción.
Pero la conservación tradicional insiste en congelar la naturaleza en una postal idealizada: un pasado sin alteraciones, sin mezclas, sin contaminaciones. Un pasado que, por cierto, suele coincidir sospechosamente con el momento en que los humanos decidieron empezar a medirlo. La pregunta incómoda es inevitable: ¿cuándo exactamente era “correcta” la naturaleza? ¿Hace 50 años? ¿500? ¿10,000? Y más importante aún: ¿quién decide?
Aquí es donde el asunto se vuelve francamente inquietante. El ambientalismo conservador —o lo que Melissa Moreano (2020) denomina “mojigatería ambiental”— no solo reproduce esta fantasía de pureza, sino que la articula con formas de pensamiento profundamente problemáticas: racistas, clasistas y xenófobas. El ecofascismo emerge precisamente en ese cruce: la defensa de una naturaleza “pura” se vincula con el deseo de eliminar aquello que la contamina. La lógica es sencilla, casi elegante en su brutalidad: si algo o alguien altera el equilibrio, debe ser eliminado.
El problema, claro, es que esa lógica no se detiene en los hipopótamos.
Históricamente, las mismas estructuras de pensamiento han sido utilizadas para justificar la exclusión, la violencia y el exterminio de poblaciones humanas consideradas “fuera de lugar”. La diferencia es que, en el caso de los animales no humanos, la indignación moral siempre es considerablemente menor. Porque, al final, “solo son animales”.
Antropocentrismo: la raíz del problema.
Desde una perspectiva antiespecista y posthumanista, el núcleo del problema es evidente: la jerarquización de la vida. Los humanos se arrogan el derecho de decidir qué vidas importan, cuáles son útiles y cuáles pueden ser descartadas. Y lo hacen con una consistencia admirable.
Si una especie introducida tiene valor económico —como las vacas, las tilapias o las truchas— deja de ser invasora y se convierte en recurso . Si no lo tiene, es un problema que debe ser eliminado. La ética, como siempre, se ajusta a la economía. Y lo verdaderamente notable no es la contradicción, sino la naturalidad con la que se acepta.
Hay algo profundamente humano en esta insistencia. Frente a la complejidad ecológica, social y política, la respuesta más inmediata es la eliminación. Es rápida, visible, cuantificable. Produce resultados. Permite mostrar acción. Y, sobre todo, evita preguntas incómodas.
Porque gestionar la coexistencia es difícil. Requiere tiempo, recursos, imaginación política. Implica reconocer que los ecosistemas no son sistemas cerrados, que las especies no son piezas intercambiables, que la vida —en todas sus formas— no se ajusta fácilmente a nuestras categorías. Matar, en cambio, es simple. Y extraordinariamente eficaz para producir la ilusión de control.
Hipopótamos como chivos expiatorios en un mundo de muerte.
En este sentido, los hipopótamos colombianos funcionan como un síntoma. No son la causa del problema ecológico, sino su expresión más visible. Un problema que incluye deforestación, contaminación, extractivismo y modelos de desarrollo profundamente insostenibles.
Pero esos problemas son estructurales. Difíciles de abordar. Políticamente incómodos.
Los hipopótamos, en cambio, son tangibles. Fotografiables. Eliminables. Y así, el sacrificio de ochenta individuos se presenta como una acción decisiva, mientras las causas profundas permanecen intactas.
Mbembe habla de “mundos de muerte”: espacios donde la vida está constantemente expuesta a la posibilidad de ser eliminada . Tradicionalmente, estos mundos han sido habitados por poblaciones humanas precarizadas, racializadas, desechables.
Pero quizás sea momento de ampliar esa categoría. Y urge. Porque lo que estamos viendo en el ámbito ambiental es la extensión de esa lógica a otras formas de vida. Los animales —especialmente aquellos que no encajan en nuestras categorías— se convierten en sujetos necropolíticos: vidas que pueden ser eliminadas sin que ello constituya una crisis moral. Y, al contrario, la acción de eliminarlos se presenta como responsabilidad.
La pregunta más incómoda de todas permanece sin respuesta: ¿y si el problema no fueran los hipopótamos? ¿Y si la crisis ecológica no pudiera resolverse eliminando especies, sino transformando las condiciones que la producen? ¿Y si la insistencia en matar fuera, en realidad, un síntoma de nuestra incapacidad para imaginar otras formas de relación con lo no humano?
Matar con “buenas intenciones”.
Hay algo profundamente irónico —y trágico— en todo esto. En nombre de la conservación, se están reproduciendo las mismas lógicas de dominación, exclusión y violencia que han producido la crisis ecológica en primer lugar: los seres humanos matamos para proteger la vida; exterminamos para preservar la biodiversidad. Y lo hacemos con la tranquilidad de quien cree estar actuando correctamente.
Quizás ese sea el problema más grave: no la violencia en sí, sino su normalización. Su institucionalización. Su transformación en política pública. Porque cuando matar deja de ser una excepción y se convierte en una herramienta legítima, lo que está en juego no es solo la vida de los hipopótamos. Es la forma en que entendemos la vida misma.Y, sobre todo, nuestra relación con ella.
Spoiler: no es precisamente alentadora.
Fuentes de consulta:
Barberi, J., y Jaramillo, J. C. (2025). Bioxenofobia o la idea de territorios puros: Reflexión sobre el miedo a lo distinto y la ilusión de la pureza en la naturaleza. En Animales y Sociedad (Vol. 1, Especial de territorios animales, pp. 30–37). Centro de Estudios Abolicionistas por la Liberación Animal (CEALA).
Mbembe, A. (2011). Necropolítica, Melusina: España.
Moreano Venegas, M. (2020). Ecofascismo: uno de los peligros del ambientalismo burgués. Ecología Política, (59), 36-44.
Navarro Fuentes, C. A. (2021). Necropolítica, biopoder, biopolítica y resistencias distópicas. Sincronía. Revista de Filosofía, Letras y Humanidades, 25(79). https://doi.org/10.32870/sincronia.axxv.n79.22a21
Rubio, P. (2026, 13 de abril). México estalló contra Colombia por sacrificio de hipopótamos sin considerar plan de rescate y traslado. El Imparcial.










